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De clases sociales, a clases biologicas
La modificación genética tiene su contra y pinta un territorio escabroso de desigualdad.

“Mejorar una población mediante la reproducción controlada para aumentar la aparición de características hereditarias deseables”, así define el diccionario de Oxford a la Eugenesia. Puede sonar a ciencia ficción, pero ya está entre nosotros y no la está disfrutando todo el mundo.
La eugenesia se refiere a poder modificar de algún modo a las personas antes de su nacimiento. Y hay dos tipos: la negativa y la positiva. La primera, desaconseja la reproducción de los embriones menos aptos, es decir, se observa al embrión y si este tiene alguna enfermedad o malformación se desestima. Mientras que la segunda se enfoca mejorar las cualidades de individuos sanos.
Esta última, la positiva, es la más criticada por intentar modificar nuestra propia naturaleza.
Aunque creamos lo contrario este procedimiento ya es parte de nuestras vidas aunque de una forma limitada. Por ejemplo, en muchos países, en forma de asesoramiento voluntario, hay servicios médicos para ayudar a los padres a evitar trastornos genéticos en sus hijos. Permiten la selección de embriones genéticamente normales que pueden aumentar las posibilidades de un embarazo exitoso.
También practicamos cierto grado de eugenesia simplemente en las clínicas de reproducción asistida congelando óvulos sin intencionadamente elegir. Los niños resultantes de embriones congelados son, según los estudios, más hábiles socialmente, también parecen tener habilidades superiores de comunicación y demostrar más independencia.
Allan Pacey, un experto en fertilidad de la Universidad de Sheffield, cree que esto se debe en parte al propio proceso de descongelación: no todos los embriones sobreviven al deshielo, por lo que podría pensarse que tal vez aquellos que lo hacen son los más fuertes.
Este “beta” a nivel de eugenesia ya es una realidad y el mismo padre de la píldora cree que su invento se volverá obsoleto porque los hombres y las mujeres optarán masivamente por congelar sus óvulos y sus espermatozoides antes de ser esterilizados; poniéndose fin a los abortos, a los embarazos no planificados e incluso dando lugar a hijos más sanos por defecto porque los óvulos y esperma serían más jóvenes y fuertes.
Asimismo, muchos países regulan ya la eugenesia para evitarla. Lamentablemente, la prohibición está favoreciendo más bien el turismo procreativo entre los más ricos y los abortos entre las parejas más pobres, por lo que quizá no sea el camino ideal.
En este extremo las modificaciones biológicas preocupan. El peor escenario podría ser una riqueza y estatus concreto, real, tangible... biológico. Las líneas de clase se endurecerían a medida que los ricos se volvieran cada vez más ricos gracias a su “talento innato”.
Una élite eugenésica, más rica, más lista, más sana y más bella se casaría dentro de su “raza”... El desarrollo de una casta de este calibre, cómo no, puede a su vez degradar la cohesión social.
¿Deberíamos permitirlo? Ya lo hacemos. A pesar de las advertencias y los problemas a solucionar que vengan en el futuro, los avances en genética y tecnología reproductiva han creado las condiciones para una industria eugenésica masiva impulsada por la propia demanda de los consumidores.