90 minutos huyéndole a la inseguridad

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90 minutos huyéndole a la inseguridad

La delincuencia es el pasajero que los usuarios del servicio de transporte urbano intentan esquivar día con día. Algunos lo logran, otros pierden la calma y sus pertenencias en el intento

RECORRIDO CIUDADANO INSEGUIRDAD
Los usuarios del transporte urbano cuentan los minutos por llegar lo más pronto a su destino. Temen ser asaltados.MIGUEL CANALES

Una cuenta regresiva constante. “Amor, en 10 minutos salgo a coger el bus, cuando llegue a casa te llamo del número de mamá”, escribe María a la cuenta de Facebook de su esposo, a las 16:50. Esta vez, desde la computadora de su trabajo y no desde su teléfono celular porque hace una semana, mientras viajaba del sur de Guayaquil hacia el cantón Durán -uno de los sectores más peligrosos de la provincia- un menor de aproximadamente 13 años se lo arrebató mientras la amenazaba, sin hablar, con detonar un arma de fuego que sostuvo por, al menos, cinco segundos frente a su cabeza.

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Son las 17:00 y María se despide de sus compañeros y apresura el paso para llegar pronto a la esquina donde pasa el bus que la lleva a casa, que queda a dos cuadras de la farmacia donde labora hace nueve años. Una calle que, según la señalética, el transporte público tiene prohibido “coger pasajeros”, pero es donde ella espera porque donde sí se puede “hay muchos vendedores que en realidad son ladrones y morbosos”, dice, mientras busca las monedas que guarda en los bolsillos de su pantalón como medida de seguridad para que, en caso de que alguien le “meta la mano” en uno de ellos, le quede una que otra moneda para pagar el bus que la lleva a casa; donde no solo la espera su esposo, también su madre e hijo.

TiempoLuego de tomar el bus, María demora 40 minutos en llegar al Terminal Terrestre de Guayaquil.

El bus se aproxima y mientras María mueve su brazo para que este se detenga, un individuo, que caminaba con varias botellas de agua en la mano entre el tráfico de la avenida, le grita, como si la conociera: “¡Qué lindo te queda ese pantalón, mi amor! ¿La acompaño?”. María finge no escuchar, pero su rostro se desencaja y empieza a respirar fuerte. Camina unos cuantos pasos más y sube pronto al bus que no se orilló a la vereda. Piiii... suena un sensor que arroja luces neón y María empieza, de manera rápida y estratégica, a buscar un asiento donde pueda “estar segura” durante el viaje de 40 minutos hacia la Terminal Terrestre.

Transitar por las mismas vías todos los días le ha dado la habilidad para identificar a los choferes que sí se preocupan por la seguridad de los pasajeros del bus, como también para concluir que es absurdo “que vayan cinco policías en una patrulla” si bien pudieran ir uno de estos en un bus de transporte urbano. “Hay unos que no dejan que se suban ladrones y otros a los que no les importa”, cuenta María durante su viaje y continúa: “este, por ejemplo, es bravo. Siempre tiene un palo de escoba a la mano y si ve a un malcriado le cierra la puerta y no lo deja subir”, dice mientras sonríe, como un síntoma de confianza.

Transcurren exactamente 40 minutos y se levanta del asiento y se ubica junto a la puerta trasera del bus: “Prefiero bajarme primero porque después hay mucha gente y los arranchadores aprovechan”.

TransporteAunque sea más caro, María prefiere tomar un bus interprovincial porque "es un poco más seguro".
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Se baja y mientras camina asoma un individuo entre los pilares que dividen las paradas que hay de ingreso a la Terminal. “Cómpreme un caramelito, apóyeme que necesito reunir para mi hijo que está enfermo”, dice el sujeto mientras María lo esquiva. Este insiste y la sigue, mientras pregunta a voz de susurro: “¿no me vas a ayudar? ¿Ah? ¿No tienes una moneda?”. Detiene su paso y se va, quizás porque María ya llegaba a la puerta de ingreso, donde se encontraba una patrulla policial que, pese a tener a su alrededor a dos uniformados que tecleaban sus teléfonos celulares, logra disuadir cualquier acto ilícito en el lugar.

María opta por el servicio interprovincial porque asegura que “es un poco más seguro”, aunque cuesta un poco más. Paga todos los días $1,42 centavos por un ticket que la transportará, sin detenerse en el camino, hasta la urbanización donde reside, en Durán.

Disposición que no se cumple, pues tras 30 minutos de viaje, el vehículo detuvo la marcha para que un grupo de personas aborde la unidad de transporte. Minutos después se detiene y la escena se repite. Esta vez para que un grupo de usuarios pueda bajarse.

Los conozco, cuando veo a alguien que tiene cara de ladrón, prefiero bajarme, o no sé

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Se supone que no debe parar, pero bueno”, señala, mientras levanta repetidamente sus hombros. Se da por vencida, pues cada que se detiene la unidad, ella se dispone a custodiar con la mirada quien se sube al autobús, como si estuviera preparada para salir huyendo ante el mínimo rasgo que le despierte miedo e inseguridad. “Los conozco, cuando veo a alguien que tiene cara de ladrón, prefiero bajarme, o no sé”.

Transcurren 20 minutos más y el bus llega hasta la terminal del cantón. Allí un sujeto, con vestuario negro y celular en mano, se sube rápidamente y les pide a todos que se sienten. Al acto, empieza a grabar el rostro de todos los usuarios con su teléfono celular, aparentemente como medida de seguridad para identificar, de llegarse a presentar un robo, el rostro del posible delincuente. María lo ignora, porque dice que lo que hace es absurdo. Arranca nuevamente el vehículo y sabe que faltan pocos minutos para llegar a casa. Mi mamá debe estar preocupada, dice, mientras se coloca un abrigo que llevaba durante el viaje. 20 minutos después, María ha logrado llegar a una parada casi que desolada, donde lo único que se ve es la maleza de las veredas. Corre, mientras le hace de la mano al guardia de la garita que se encuentra en el ingreso de la urbanización donde vive.

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Lo hace como método de seguridad, dice, por si “alguien me está persiguiendo para robarme”, se repelerá al ver al  menudo guardia que viste de civil y porta gorra color camuflaje. “Señorita, buenas noches”, la recibe y se ríe, como signo de complicidad a las medidas de seguridad que María se ha tenido que inventar por años para sentirse algo segura.

LOS CÁLCULOS PARA RENUNCIAR

María ya perdió la cuenta de las veces en que, junto a su esposo, han puesto sobre la mesa la idea de renunciar al trabajo; por seguridad, sobre todo. Pero son las deudas y el agradecimiento que siente María hacia la empresa que la recibió hace nueve años. “Tengo deudas que pagar, el dinero no alcanza, por eso pienso antes de tomar una decisión. Además, estoy agradecida porque la empresa donde estoy me ha tratado muy bien y me ha brindado muchas oportunidades”.