Economía del desarrollo para tiempos de agitación
Por ello, la transformación estructural debe centrarse en construir ecosistemas que integren manufacturas, investigación, infraestructura digital...

La integración entre manufacturas, inteligencia artificial, energías renovables y servicios de alta tecnología redefine el modelo de desarrollo y la transformación estructural de las economías.
Hace poco, el economista Dani Rodrik reabrió un debate clásico sobre el desarrollo al sostener que los países en desarrollo deberían priorizar los servicios de alta productividad por encima de las manufacturas. Sin embargo, la cuestión de fondo no es reemplazar un sector por otro, sino replantear la idea de transformación estructural. Durante décadas, economistas como W. Arthur Lewis, Raúl Prebisch y Nicholas Kaldor entendieron la transformación estructural como el traslado de recursos desde actividades poco productivas hacia las manufacturas, consideradas el principal motor del progreso tecnológico y del crecimiento. Hoy los objetivos siguen siendo los mismos: aumentar la productividad, impulsar la innovación y elevar la complejidad económica. Lo que cambió es dónde y cómo se generan esas capacidades.
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La tecnología redefine la producción y la competitividad
La inteligencia artificial, la fragmentación geopolítica y la transición energética están redefiniendo la organización de la producción. Cada vez importa menos el sector y más las capacidades que incorpora. La industria depende del software, la logística, las finanzas y las plataformas digitales; la agricultura integra biotecnología, imágenes satelitales e ingeniería de precisión. Los servicios intensivos en conocimiento generan innovación y competitividad exportadora, desdibujando las fronteras tradicionales entre sectores. Por ello, la transformación estructural debe centrarse en construir ecosistemas que integren manufacturas, investigación, infraestructura digital, financiamiento e instituciones públicas. El ejemplo de las baterías para vehículos eléctricos muestra que producir componentes localmente no garantiza capturar el mayor valor si el diseño, la propiedad intelectual, el software y las redes comerciales permanecen en el exterior.
El desarrollo ya no depende solo de tener fábricas
China demuestra que la ventaja competitiva ya no depende solo de la escala industrial, sino del dominio de la tecnología, el conocimiento y los ecosistemas productivos. La lección es que el desarrollo requiere controlar las capacidades que sostienen la producción, no solo las fábricas. Para África, esto no implica abandonar la industrialización. Las manufacturas siguen siendo esenciales para generar aprendizaje y capacidades tecnológicas, pero el continente enfrenta un contexto distinto al de las experiencias del pasado. El crecimiento de su población en edad de trabajar, junto con la transición energética y la digitalización, abre oportunidades para desarrollar sistemas de energía renovable, industrias descarbonizadas e infraestructura digital integrada. Aprovechar esas ventajas dependerá de fortalecer instituciones capaces de promover innovación y aprendizaje. La política industrial debe orientarse a crear capacidades productivas mediante vínculos entre empresas, universidades, centros de investigación, sistemas financieros, infraestructura digital y mercados regionales.
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La inteligencia artificial como herramienta para el desarrollo
Las tecnologías emergentes, en especial la IA, pueden reducir costos de transacción, mejorar la gestión pública, ampliar el acceso al financiamiento y fortalecer la capacidad estatal. Más que elegir entre manufacturas o servicios, el desafío consiste en construir capacidades productivas. En una economía basada en redes digitales, activos intangibles y ecosistemas de innovación, la prosperidad dependerá de la capacidad para acumular y renovar esas capacidades, una oportunidad que África puede aprovechar para impulsar un nuevo modelo de transformación estructural.