El oro que financia al crimen
La minería ilegal en Ecuador fortalece al crimen organizado al lavar oro en el mercado formal, por eso el Estado debe controlar el comercio, no solo campamentos

La minería ilegal se convierte en una gran economía criminal cuando el oro se compra o se vende como si fuera legal. Destruir maquinaria o desalojar campamentos es necesario, pero no suficiente.
Durante años, cuando se hablaba de crimen organizado, el narcotráfico concentraba casi toda la atención. Existe, sin embargo, otra economía ilícita que crece con enorme rapidez y cuyos efectos son igualmente devastadores: la minería ilegal.
No se trata únicamente de excavaciones clandestinas ni de daños ambientales. El verdadero problema es que el oro extraído ilegalmente puede terminar incorporándose al mercado formal, ocultando su origen ilícito e integrándose a los circuitos legales. Cuando eso ocurre, la frontera entre lo legal y lo ilegal se vuelve difusa y las organizaciones criminales fortalecen su capacidad económica.
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El lavado de oro alimenta al crimen organizado
La minería ilegal tampoco puede entenderse como un fenómeno independiente del narcotráfico. En Ecuador, las organizaciones criminales no solo se dedican al tráfico de drogas, sino que han diversificado sus fuentes de ingresos. Controlan territorios, extorsionan a poblaciones y actores locales, explotan yacimientos y participan en distintas fases de la comercialización del mineral. Esa convergencia entre distintas economías ilícitas ayuda a explicar la creciente violencia que hoy rodea a la explotación ilegal del oro. Pero no basta con generar ingresos ilícitos. También necesitan mecanismos para convertir esas ganancias en riqueza aparentemente legítima. En ese contexto, el oro se ha convertido en un activo especialmente atractivo por su alto valor, la facilidad para transportarlo y la dificultad para rastrear su procedencia. La minería ilegal no se convierte en una gran economía criminal cuando se extrae el oro, sino cuando se compra o se vende como si fuera legal. Eso obliga a replantear la estrategia del Estado. Destruir maquinaria o desalojar campamentos es necesario, pero no suficiente. Mientras existan mecanismos para introducir el oro en los mercados formales y convertirlo en dinero aparentemente legítimo, el negocio seguirá siendo rentable.
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El problema no es que el oro tenga un precio elevado. El problema es que hoy sirve para financiar organizaciones criminales y ocultar el origen de recursos ilícitos. Cada gramo de oro ilegal que logra ingresar al mercado formal fortalece a las organizaciones criminales y debilita al Estado.