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Diario Expreso Ecuador

¿Dónde están los intelectuales guayaquileños?

Más allá del comercio y la seguridad, Guayaquil requiere intelectuales que aporten respuestas profundas a las demandas de la sociedad

Vicente Rocafuerte, además de ser presidente y empresario, tenía una vida intelectual profunda y una biblioteca numerosa.

Vicente Rocafuerte, además de ser presidente y empresario, tenía una vida intelectual profunda y una biblioteca numerosa.Archivo Expreso

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Entre la personalidad comercial y la viveza criolla, el intelectual guayaquileño parece ser una especie anómala, un ser extraño que surge contra todo pronóstico -y contra toda necesidad-. Con problemas acuciantes como el desempleo, la informalidad y la inseguridad, personas que se dediquen a las letras o a la actividad intelectual parecen ser un lujo superfluo.

“Lo que necesitamos es gente trabajadora y que a los jóvenes se les enseñe cosas útiles”, se dice. ¿Para qué sirve aprender el trinomio cuadrado perfecto si no me enseñan a codificar? ¿De qué sirve aprender sobre Sócrates, Platón y Aristóteles si no enseñan a hacer la declaración de la renta? ¿De qué nos serviría que nuestros ciudadanos lean La Odisea cuando la ciudad sufre el azote de la violencia?

Guayaquil ha sido tierra fértil de intelectuales

Esta visión fue avalada en el histórico debate entre León Febres-Cordero y Rodrigo Borja. El ‘ad hominem’ era claro. Uno, con callos en sus manos y años en el campo y la industria, descalificando al otro por estar toda su vida detrás de un escritorio, sin trabajar, escribiendo “libritos” y panfletos. Y si León lo utilizó es porque tenía confianza en que el argumento resonaba.

Pero no siempre fue así. Guayaquil ha sido tierra fértil de intelectuales. Olmedo, al que alaban los políticos, para después hablar de lo “arrecho” que es el guayaquileño, estudió Derecho y Filosofía y, además de político, fue académico y poeta. Rocafuerte, además de ser presidente y empresario, tenía una vida intelectual profunda y una biblioteca numerosa, como cuenta Gabriela Calderón en su último libro, En busca de la libertad (2025). Erigimos estatuas a los intelectuales, para después renegar de ellos y de su inutilidad social.

La falsa dicotomía entre actividad del pensamiento e idiosincrasia comercial

Estos personajes nos demuestran, también, que la elección entre la actividad del pensamiento y la idiosincrasia comercial es una falsa dicotomía. El guayaquileño, y el ecuatoriano en general, puede y debe cultivar tanto la vida activa como la contemplativa, sin tener que renunciar a una de ellas. Tanto el trabajo manual como intelectual; tanto la industria como las letras.

Guayaquil necesita no solo desarrollo, seguridad y progreso, sino ideas. Las categorías de siempre nos resultan ya cansinas. “¡Autonomía!”, escuchamos. Muy bien, ¿pero qué tipo de autonomía? ¿Qué formas ha tomado la autonomía guayaquileña a lo largo de su historia? “¡Mano dura!”, exclamamos, pero, ¿las universidades apoyan proyectos de investigación al respecto? ¿Cuántos fondos se destinan a estudiar el problema de la violencia y sus causas? Ya sea en lo público como en lo privado…

No es suficiente con la mano dura y apertura comercial. Se requiere, también, el cultivo de una vida intelectual y cultural: historiadores que nos recuerden nuestro pasado, arquitectos que ideen nuestros edificios y planos, poetas que imaginen nuestra ciudad, novelistas que llenen nuestras calles de historias, y filósofos que nos inviten a pensar. Sí existen, pero se encuentran aislados, sin respaldo económico ni institucional.

Necesitamos intelectuales que promuevan, en palabras del filósofo José María Torralba, “una rebelión leal a la República de las Letras”. Recordar que esto también es Guayaquil.

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