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Diario Expreso Ecuador

Méritos devaluados

Meritocracia en Ecuador: ni concursos ni títulos de PhD han logrado que los más capaces, honestos y expertos asuman las más importantes funciones públicas

Para ‘ganar’ un concurso hay que ir ‘juntando méritos’. Primero, matriculándose a todas las maestrías y ‘pehachedés’ posibles.

Para ‘ganar’ un concurso hay que ir ‘juntando méritos’. Primero, matriculándose a todas las maestrías y ‘pehachedés’ posibles.Canva

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Devaluamos cosas que tradicionalmente tenían mucha estimación. Como con el sucre, que de moneda ‘dura’ la transformamos en menos que papel higiénico, al extremo de desaparecerla, pasa con los llamados ‘méritos’ para acceder a cargos públicos. Bastó con hablar de ‘meritocracia’ para hacer creer que en realidad los mejores, más capaces, honestos y expertos, asumirían las más importantes funciones públicas del país a través de un sistema de concursos. 

Con esa rueda de molino comulgó el ciudadano con la Constitución de 2008. Ese era, como tantos otros, un engaño evidente: que los políticos mágicamente iban a abandonar la búsqueda del poder y dejarían los nombramientos a la suerte de un concurso, donde podía salir alguien realmente bueno, pero del otro bando. El sistema de influencias no se dejó esperar, pero con una consecuencia adicional: nadie se hace responsable del nombramiento, como no sea una efímera ‘comisión ciudadana de selección’ sacada de quién sabe dónde. 

Los pasos a seguir para ganar concursos públicos

Entonces, para ‘ganar’ un concurso hay que ir ‘juntando méritos’. ¿Cómo? Primero, matriculándose a todas las maestrías y ‘pehachedés’ posibles. Total, con la gran oferta de posgrados nacionales y extranjeros ‘online’, basta con pagar aranceles universitarios y conectarse a la reunión virtual sin que, incluso, se exija prender la cámara. Así, una maestría que el siglo pasado tomaba tres años en hacerse (examen de ingreso, cursos presenciales con profesores conocedores y rigurosos, pruebas, tesis, defensa y examen de grado), ahora se realiza en meses y sin mayor exigencia. 

Reúna tiempo en cargos públicos o, mejor aún, la docencia en una de las 40 facultades de derecho que hay por ahí (porque demostrar el ejercicio de la abogacía no implica solo obtención de la credencial profesional, sino patrocinio de causas y otros), con lo cual se estará en el club de la ‘academia’: no importa si no se sabe lo que se dice enseñar porque nunca lo ha practicado tampoco, y menos ser exigente (no estamos para hacernos problema, ni hacérselo al ‘estudiante’), ese certificado te lanza al mundo sin límites de los concursetes. 

Escribir cualquier cosa añade puntos: artículos en revistas indexadas que nadie ojea o libros que no tienen por objeto ser leídos, ni siquiera por esos ‘pares’ que (no) revisan. 

De las pruebas mal hechas, peor contestadas y pésimamente calificadas, mejor ni hablar. Meritocracia, le dicen a ese chiste mal contado.

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