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Diario Expreso Ecuador

Identidad y democracia

La falta de diálogo y el regionalismo fragmentan la identidad nacional y debilitan la democracia en Ecuador, un país marcado por el bloqueo político

No hemos podido siquiera converger en torno a un museo nacional, lo cual no sorprende si recordamos que tampoco acertamos respecto del nombre del país.

No hemos podido siquiera converger en torno a un museo nacional, lo cual no sorprende si recordamos que tampoco acertamos respecto del nombre del país.Archivo Expreso

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Alguien lleva una copa valiosa hasta que la zancadilla la hace rodar por el suelo y otro se la lleva en sentido opuesto, hasta el siguiente traspié y así, de tanto zarandeo, la copa no llega a ninguna parte. Uno la veneraba en su forma primigenia; otro resentía su simbolismo y lo torcía a gusto de su propia región, casta o ideología -los cambios y vicisitudes de los himnos y constituciones lo ilustran-; y no faltó quien urdía cómo alzarse con el santo y la limosna. Así ha trashumado, errante y vaciada, la copa de la identidad nacional, al vaivén de la bronca permanente, la contradicción mezquina, la bravata del perro del hortelano.

No hemos podido siquiera converger en torno a un museo nacional, lo cual no sorprende si recordamos que tampoco acertamos respecto del nombre del país, cuyo territorio, al igual que su primera constitución de 1812, llevaba el nombre de Quito, pero nos avenimos, por falta de acuerdos regionales, a llamarlo como el paralelo que lo atraviesa. ¡Vaya originalidad! Ya en tiempos modernos abundan consultas populares positivas que fracasaron para escatimarle el éxito a sus promotores, por el mismo complejo colectivo que explica el triunfo de aquellas orientadas a despojar, paralizar o prohibir a la minoría del cálculo clientelar. La zancadilla, la cucaña, el tillo que raya la pintura reluciente.

La democracia en crisis permanente

En todas las sociedades y culturas hay diferencias marcadas, tanto como cosas en común. Aquí se han exacerbado las primeras y relegado las últimas porque no hay cultura de diálogo, se descalifica al otro antes de examinar su crítica, no hay espacio para someter las ideas propias a su mayor catalizador: madurarlas a la luz de las antagónicas. No esperemos que la política sea la excepción. En Ecuador hay una pobrísima democracia, si todavía merece tal nombre, pero no es un fenómeno nuevo. La justicia fue tomada y la política judicializada hace casi tres décadas, asalto perfeccionado por los socialistas, igual que la guerra sin tregua a la prensa libre. El Estado capituló en los paros criminales de 2019 y 2022, cuyos autores y cómplices estarían tras las rejas en un país funcional. La ley se aplica selectivamente. La democracia está vaciada porque la sociedad de la que es hija no valora ni practica el diálogo, ese intercambio con ánimo de aprender que en el foro ateniense, origen de la institución, configuraba el ejercicio del poder.

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