Una fe
La sensación de crisis, de que democracia, libertad, solidaridad o humanismo no significan mucho más que palabras en un diccionario, está instalada

Con la consolidación del cristianismo se habría iniciado un ciclo de larga duración para nuestras instituciones, cuyo soporte fue siempre una forma de fe compartida, que hoy menos gente comparte.
“Que nos encontramos al final de una era no es algo que pueda probarse científicamente. Uno lo siente o no lo siente. Puede intuirse que las imágenes antiguas -los símbolos-, como decía Archibald Macleish, han perdido su significado”.
Traduzco a Berman, en el prefacio de Ley y revolución. Y coincido con él. Y sospecho que muchos lectores también: la sensación de crisis, de estasis, de que democracia, libertad, solidaridad o humanismo no significan mucho más que palabras en un diccionario, está instalada.
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La cita es de 1983, pero suena actual. Porque 43 años en la historia son un parpadeo. Nuestro calendario engaña: subestimamos su escala. Los historiadores sostienen que las tecnologías culturales dominantes tardan en perder vigencia apenas una décima parte del tiempo durante el que fueron dominantes.
Si eso fuera cierto, los ciclos históricos podrían estimarse con cierta aritmética. Pero la vida real no obedece a esa simplicidad.
El dilema de vivir en un sistema que declina
Berman hablaba del agotamiento del derecho occidental y del Estado nación moderno. Sostenía que el vínculo entre la metáfora jurídica y la metáfora religiosa cristiana se había roto, vaciando la fuente de legitimidad que sostuvo durante siglos a nuestras normas de convivencia modernas, seculares. Con la consolidación del cristianismo como religión imperial bajo Constantino, se habría iniciado un ciclo de larga duración para nuestras instituciones, cuyo soporte fue siempre una forma de fe compartida, que hoy menos gente comparte.
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Si esa arquitectura histórica es correcta, 43 años no son casi nada: apenas una fracción dentro de procesos que toman siglos en consolidarse y declinar.
Creemos estar viviendo una crisis de los valores de nuestra civilización cuando en realidad podríamos estar en el medio -o al inicio- de una transición mucho más larga entre sistemas de creencias. Porque ninguna institución humana sobrevive sin una fe que la sostenga, una ‘religio’ en sentido romano.
Me pregunto cuál es la fe que está reemplazando a la anterior. Qué creencia, todavía difusa, puede sostener lo que antes sostenía el derecho, el Estado y la política.