Réquiem por Europa
Europa, alguna vez símbolo de Ilustración, cultura y libertades, enfrenta una transformación profunda que plantea interrogantes sobre el futuro de sus valores

Europa enfrenta profundas transformaciones sociales y culturales que reavivan el debate sobre sus valores, identidad y legado de la Ilustración.
Hasta el siglo pasado Europa se tenía como la región más culta, vanguardista y democrática, el paraíso de los librepensadores, la expresión acabada de los valores de la Ilustración, donde la razón había expulsado a la superstición -así tildaron despectivamente a la religión-, y el Estado de bienestar había logrado, según su propaganda, la imposible conciliación entre la igualdad socialista y la libertad.
La Europa que marcó una época
Europa fue, en efecto, un hervidero cultural que elevó la estética a cotas sublimes, cuyas calles y plazas, lo mismo grandes avenidas que rincones decadentes, aportaban tanto testimonio histórico y carácter como los más sofisticados salones. A sus capitales acudían de todas partes músicos, escritores y personas heridas de sensibilidad para adquirir calle y contagiarse de estilo, porque en la calle y sus cafés, teatros y balcones se sincronizaba el pulso colectivo y se formaba parte del baile de la vida y el desfile de afanes sobre tacones y bajo sombreros, frente al aperitivo, al cortado y más tarde, ahíto de tertulias y esquinas perfumadas de otoño, al destilado.
Esa Europa ya no existe o apenas tras bastidores, exiliada en su propia casa. Pensar contra corriente es un riesgo, ¡qué diría Montaigne!, y está plagada de incendios e incendiarios, violencia, protestas y acampadas tan parasitarias como su inmensa e inepta burocracia. Se ha vuelto tercermundista, pero sin fe, sin sal.
Inseguridad y cambios sociales
Pasaron los tiempos en que una jovencita podía regresar sola caminando a casa al alba sin miedo a ser asaltada o a que un okupa le impida el ingreso. Las calles están atestadas de viajeros transitorios y colonos sin ninguna intención de integrarse, dispuestos a alterar el orden e imponer sus antagónicas costumbres a palos o por fuerza demográfica. Pocos se casan y aun menos prefieren a los hijos sobre las mascotas, mientras los colonos se multiplican. La espontánea conexión con la parroquia para terciar imprudencias y verificar los últimos bulos sobre la barra tiene más oídos y delatores que un chiringuito chavista operado por cubanos, sin contar la censura Woke. La belleza femenina debe ocultarse para no incordiar los paradigmas torcidos y grotescos de la diversidad y la inclusión, esos que se exhibieron con látex y pelucas en los juegos olímpicos, y hasta la preferencia religiosa o estética hay que gestionarla crípticamente para no caer reo del delito de odio. ¿Se salvará Europa?