Seres no fungibles
A lo largo del tiempo han existido mentes irremplazables que han transformado al mundo, pero hoy reina la cultura de la envidia y del ataque a quien tiene éxito

Pasteur, Newton, Curie o Einstein nos hicieron ver lo micro y lo macro del universo, estudios que hoy se realizan a una velocidad que antes fue impensable gracias a Lovelace, Turing o Von Neumann.
En estos días me he enganchado con La invención de todas las cosas, una historia novelada en la que Jorge Volpi recuenta la importancia de la ficción en el desarrollo de las sociedades. Sus letras pueden transportarnos con la misma facilidad desde las fallidas utopías revolucionarias hacia la crueldad del poder sin limitaciones, o desde los instintos primarios de los bonobos hasta Schrödinger. Me parece fascinante cómo una persona, con aparentemente el mismo juego de herramientas cognitivas de cualquier otra, puede convertir el tiempo del que dispone en algo complejo, nuevo y bello, como antes lo hicieron Homero, Cervantes, Cortázar o Borges.
Grandes pensadores y la cultura de la envidia
Hay personas así, que atraviesan su vida transformando para siempre el entorno, influyendo el camino que tomarán muchos otros a los que ni conocen. Si extraterrestres llegaran a estudiar la Tierra, lo harían separando a los miles de millones que siguen un patrón de movimiento mecánico de los que rompen la tensión superficial de ese conjunto llamado humanidad. Porque la evolución nos ha facilitado imponernos en la cúspide de la pirámide como especie, si bien son pocos individuos, con nombre y apellido, los propulsores de ese ascenso. Aristóteles sistematizó el conocimiento disperso de su época, sin lo cual mucho se habría perdido en el tiempo. Pasteur, Newton, Curie o Einstein nos hicieron ver lo micro y lo macro del universo, estudios que hoy se realizan a una velocidad que antes fue impensable gracias a Lovelace, Turing o Von Neumann. Conocimiento que nos separa sideralmente del resto de animales, aunque también de la superstición porque otros pensadores como Darwin o Mendel fueron capaces de cuestionar los dogmas y ubicarnos en el humilde y aspiracional lugar del universo que nos corresponde.
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Seres irremplazables, hacedores de hazañas a pesar de sus naturales limitaciones o que, precisamente por sobreponerse a estas, resultan tan imprescindibles para la historia a la que hay que admirar. Por eso me choca tanto esta nueva cultura de envidia y ataque a quienes alcanzan el éxito haciendo las cosas bien. Somos iguales en derechos, debemos tener igualdad de oportunidades, pero no nos hemos ganado los mismos resultados.