Estado en emergencia
Existe deterioro en la confianza y aumento del pesimismo ciudadano pues los justos terminan encerrados en sus casas y cargan con el peso económico de la crisis

El primer toque de queda despertó enormes expectativas sobre la guerra abierta contra el terrorismo. Había miedo, pero también esperanza. El segundo trajo desgaste emocional
“Morir no es fácil, pero construir una vida sí”, escribió Serguéi Yesenin. Y quizá ahí se encuentra hoy una de las mayores tragedias ecuatorianas: construir una vida se está volviendo cada vez más difícil.
Terminó otro toque de queda que por diversas razones ya no inspira. Y el problema ya no es únicamente la violencia, sino el desgaste emocional de una sociedad que comienza a perder la fe. El primero despertó enormes expectativas. Se habló de una guerra abierta contra el terrorismo. Había miedo, sí, pero también esperanza. Mucha gente creyó que finalmente el Estado enfrentaría el problema con firmeza, pero el tiempo erosionó esa confianza. Los operativos existen, los decomisos existen y los controles existen. Pero quizá apenas se está abordando una de las aristas de un problema mucho más profundo.
Política
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Carlos Isaac Pino
Una medida que se volvió intrascendente
Hace pocos días recorrí la Plaza de la Administración mientras el Municipio realizaba su rendición de cuentas, que al igual que el toque de queda, parecía haberse vuelto intrascendente para una ciudadanía agotada. Y fue imposible no notar la ironía: a menos de 150 metros de distancia ocurrían simultáneamente dos asaltos armados. Llegaron policías y luego la ciudad siguió avanzando con esa extraña mezcla de normalidad y deterioro que comienza a anestesiarlo todo .
El toque de queda dejó además un golpe económico durísimo para miles de personas que sí intentaban trabajar honestamente. Y gran parte de las acciones terminaron concentrándose en ciudadanos que violaban el propio toque de queda, mientras la percepción de inseguridad seguía creciendo.
Las cifras muestran deterioro en la confianza y aumento del pesimismo ciudadano porque al final del día parecen ser los justos quienes terminan encerrados en sus casas, cargando además con el peso económico y emocional de una crisis provocada por una minoría criminal que no representa ni al uno por ciento de la población y que debe desaparecer.