Lo que aprendí de la libertad de expresión
Confrontar ideas fortalece la democracia; sin embargo, promover la mentira y el daño reputacional no debe ampararse bajo la libertad de expresión

La libertad de expresión permite confrontar ideas y, con ello, acercarnos imperfectamente a la verdad. Pero no todos buscan lo mismo.
Crecí viendo a mi padre pagar un precio por sus posturas. Durante casi toda su carrera salió de medios, se peleó con empresarios y colegas, acumuló enemigos, vivió entre amenazas. Sigue igual y lo será hasta su último día. A los 21 años entendí mejor lo que él debía soportar. Estudiaba en Cuba cuando me censuraron un documental que mostraba una realidad dura en La Habana. Años después edité SoHo Ecuador, un espacio de plumas vehementes y provocadoras. Ejercíamos nuestra libertad mientras, en paralelo, yo experimentaba el acoso del Estado durante el correísmo: se metieron con mi hijo, figuraba en una página llamada ‘Vendepatrias’, nos acusaron de golpistas en el contexto del 30S. Fernando Alvarado ‘himself’ me dedicaba infamias en Twitter. Tiempos oscuros y muy difíciles.
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Libertad de expresión vs. mentira maliciosa
Ese cúmulo de experiencias formó en mí una convicción: la libertad de expresión vale tanto que hay que tolerar incluso sus excesos. Pero la vida puso después a prueba esa creencia. El correísmo dejó de gobernar, pero nunca abandonó sus formas. Su líder me ataca con frecuencia. Uno de los acusados del magnicidio de Fernando Villavicencio me amenaza. Durante años he sido blanco de campañas digitales con cientos de miles de cuentas dedicadas a difamarme. Un oscuro exministro quiso enjuiciarme. Un secuestrador quiso verme preso y cobrarme medio millón de dólares. Resistí los embates. Nunca me presenté como víctima, pero mis convicciones cambiaron.
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Después de soportar todo eso, fue un familiar quien publicó acusaciones graves contra mí y me llevó a hacer algo que jamás pensé hacer: acudir a la justicia por lo que otra persona publicó. Ya no podía permitir que tantas mentiras pretendieran instalarse como verdad. Acudir a la justicia detuvo las infamias.
He ejercido mi libertad con vehemencia y he soportado excesos en mi contra. Soy más consciente que nunca de la enorme responsabilidad que acarrea ejercerla. Hablar alto demanda un profundo sentido del honor. La libertad de expresión permite confrontar ideas y, con ello, acercarnos imperfectamente a la verdad. Pero no todos buscan lo mismo. Hay quien busca industrializar la mentira, hacer daño, confundir. Eso no se debe tolerar.
Hoy pienso que nadie debería pagar un precio por expresarse buscando honestamente la verdad. Debemos proteger ese principio. Promover maliciosamente la mentira es otra cosa. Y debe costar.