La tregua del fútbol
El empate de Ecuador en el Mundial nos deja una lección que va más allá del fútbol: la diferencia entre el entusiasmo y la verdadera eficacia de un país

Ecuador no perdió, pero tampoco ganó. Eso se parece a nuestra vida pública. No siempre falta empuje, muchas veces falta definición.
No me emociona el fútbol. No espero los partidos, ni organizo mi día alrededor de ellos. Desde que empezó el Mundial, solo vi el último partido de Ecuador; en realidad, a medias, terminé quedándome dormida.
Quizás por eso me interesa mirarlo desde afuera. Cuando uno no participa de la fiebre puede ver algo que desde adentro se confunde con pasión. En un país donde casi todo nos divide, el fútbol logra que, por un rato, todos sigamos la misma pelota, miremos hacia el mismo lugar y esperemos que Ecuador gane.
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El reflejo en la cancha: a Ecuador le cuesta concretar
El ambiente ya tenía tono de celebración. El partido se sentía resuelto antes de empezar. Era deseo convertido en pronóstico. Pero terminó 0-0. Sin épica, sin desahogo, sin gol. Esa ilusión desinflada nos recordó que querer mucho no alcanza.
Ecuador no perdió, pero tampoco ganó. Eso se parece a nuestra vida pública. No siempre falta empuje, muchas veces falta definición. Tenemos ilusión, talento, gente, ganas y momentos de unidad, pero nos cuesta convertirlos en resultado. Empujamos y empujamos, pero no concretamos. Nos falla la ejecución.
¿Qué tendríamos que aprender del 0-0? Que empujar no es definir. Ecuador insistió, remató, llegó, pegó en el palo y se comió goles. No faltó ánimo, faltó precisión. Y ahí está el reflejo; muchas veces confundimos movimiento con avance, precisión con eficacia, entusiasmo con capacidad. No basta creer, hay que prepararse. No basta llenar el estadio de amarillo ni tener la pelota, hacen falta estrategia, táctica, instituciones, reglas claras, continuidad y oficio para cerrar la jugada. No basta emocionarse juntos, hay que seguir construyendo juntos cuando se acaba la emoción. La expectativa no sustituye al método. La fe no reemplaza la preparación. La camiseta no gana sola.
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Los países avanzan, como los equipos, cuando convierten la esperanza en disciplina y resultados verificables; cuando con enfoque trabajan cada jugada y convierten presión en decisión.
Quizás para eso nos sirve un 0-0. Para que la esperanza no muera, porque sin ella nadie saldría a jugar, pero para que tampoco se convierta en autoengaño. Para no confundir ilusión con destino ni entusiasmo con solvencia. Para entender que gana el que mejor define.