Lo normal es hacer política
En Ecuador casi nadie hace política real; empresarios y comentaristas prefieren la timidez o los arreglos privados antes que exigir cuentas al poder

Los empresarios no han hecho presión gremial seria, con dientes y garras, para forzar al Gobierno a darle más espacio a la generación eléctrica privada a tiempo.
Frecuentemente escuchamos decir que en este país se hace demasiada política y se trabaja muy poco. Que se habla mucho de izquierda o de derecha y no de los problemas reales de la gente. Que dentro del Estado y de los altos estamentos se pierde demasiado tiempo en el escritorio y que hace falta pisar la calle. La realidad es lo contrario.
Aquí casi nadie hace política y hacerla es mal visto. Veamos, por ejemplo, el caso de los empresarios. Hicieron campaña por el trabajo por horas y el arbitraje internacional en el 2024, las únicas preguntas derrotadas, para que unos meses después les tiraran encima buena parte del peso del déficit eléctrico. Lecciones aprendidas de esas experiencias: cero.
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No han hecho un esfuerzo real por mejorar su reputación, porque eso sería hacer política, y cuidado el presi piensa que le quieren hacer sombra. Tampoco presión gremial seria, con dientes y garras, para forzar al Gobierno a darle más espacio a la generación eléctrica privada a tiempo. Nada. Los empresarios no han hecho política, que bien entendida significa pelear por el país o al menos por su clase, sino que han esperado a que la hagan por ellos o, peor, han preferido ser recibidos por separado con la esperanza de lograr un arreglo privado.
El costo de no hacer política en Ecuador
De los comentaristas de antes, de las plumas y gargantas que se han ido quedando sin espacios, se puede decir algo parecido. Muchos de los pocos que siguen pronunciándose lo hacen con timidez y sin objeto: que no hay seguridad jurídica, reclaman, pero no se atreven a cuestionar al fiscal general ni a la maquinaria política que lo apadrina desde el Gobierno; que no están a gusto con la política energética, dicen, pero no se atreven a señalar las mentiras sobre los apagones residenciales ni a pedir la renuncia de algún responsable, como solían hacer en otros tiempos; y así prefieren gastar su tinta y saliva en quejas inocuas y mensajes sin destinatario.
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Mientras tanto, esos políticos que no hablan de izquierda ni de derecha (si no es para decirle “zurdito” a un tuitero) pasan pisando la calle, repartiendo racimos y hasta levantando faldas, en vez de haciendo su trabajo de escritorio. Para la mesa redonda dejan a un pobre recadero, a ver si por fin él complace a esos señores que se quejan todo el día pero no saben en su mayoría ni qué pedir.