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Suicidios en las cárceles

Personas que conocieron a José Agusto dicen que su carácter no correspondía al de un suicida, y que sopesaba la posibilidad de ofrecer a la Fiscalía una colaboración eficaz con la justicia.

Ilustración para columna Tania
El 29 de abril pasado, dos presos fueron hallados muertos, suspendidos de sogas, en dos celdas de la cárcel de varones de Esmeraldas. Ilustración Teddy Cabrera

¿Sabremos alguna vez si la muerte del ex secretario general de la Presidencia, en la Cárcel 4 de Quito, fue en verdad un suicidio? No diré que no. Solo, difícilmente. Me desalienta el no haber conocido los resultados de otras investigaciones en que personas privadas de su libertad aparecieron misteriosamente ‘colgadas’ en sus celdas.

El 29 de abril pasado, dos presos fueron hallados muertos, suspendidos de sogas, en dos celdas de la cárcel de varones de Esmeraldas. Tenían 15 días en esa prisión, tras haber sido derivados de otra. Siete días antes, el 22 de abril, en la cárcel El Rodeo de Portoviejo, también aparecieron ahorcados y en el mismo pabellón de máxima seguridad otros dos presos, ambos de nacionalidad venezolana. En ninguno de estos casos hubo resultados concluyentes de las investigaciones iniciadas.

La muerte por ahorcamiento de José Agusto, quien fue secretario presidencial, tiene todavía más interrogantes. Ocurrió en la Cárcel 4 de Quito, que es considerada un ‘hotel de 5 estrellas’ al compararla con otras prisiones del país. No trascendió de su parte algún comportamiento depresivo grave, más allá del ruego que le había hecho a Fiscalía para poder defenderse en libertad. El día de su muerte salió al patio a la hora de la comida con su hermano (también detenido por supuestamente integrar una red de corrupción que involucró a Petroecuador, Contraloría y Secretaría Presidencial). José habría decidido de pronto regresar a su habitación para ir al baño. Jamás volvió. Lo hallaron colgado, sin señales de golpes o violencia física alguna.

Personas que lo conocieron dicen que su carácter no correspondía al de un suicida, y que sopesaba la posibilidad de ofrecer a la Fiscalía una colaboración eficaz con la justicia. No hay nada que lo confirme o lo desmienta, pero sí una aterradora conclusión: en los centros de rehabilitación de Ecuador no hay garantías de vida.

Pareciera que en nuestra sociedad hemos tomado el camino más fácil: minimizar el problema, dándole la espalda a esa inmensa población carcelaria que vive en condiciones dramáticas. A estas alturas, todos sabemos que hay demasiados presos sin sentencia, y otros que simplemente están tras las rejas por ser pobres, por no haber podido contratar un abogado. Lo llegaremos a entender cuando alguien cercano a nosotros, culpable o no, sea llevado a una cárcel y empecemos a lamentar la existencia de ese submundo de abuso, extorsión y sangre, que existe y no queremos ver. Ojalá que nunca pasemos por esto.

Los privados de libertad están allí bajo la figura de prisión preventiva, o en muchos otros casos pagando una deuda con la sociedad; pero ninguno está o puede estar condenado a muerte. Se entiende que el Estado es garantista de su vida y del cumplimiento de sus derechos humanos. No hay tal. Y la prueba es la cantidad de crímenes que ocurren dentro de las prisiones, incluyendo los supuestos suicidios, en los que nadie ve nada, ni escucha nada. No se sabe cómo ingresan las armas, las drogas, los celulares, incluso las sogas usadas para colgar a alguien, o que se cuelgue…

Difícilmente sabremos la verdad de lo ocurrido con quien fue secretario de la Presidencia. En su último día como jefe de Estado, Lenín Moreno lamentó por Twitter su partida. Se entiende que el nuevo mandatario tiene en sus manos la posibilidad de ordenar una real investigación que ofrezca resultados y ojalá una revisión integral del sistema carcelario ecuatoriano. Mientras tanto, solo queda de nuestra parte (y no es poco) mantenernos pendientes y con misericordia de lo que pasa en las prisiones y dejar la ligereza de calificar la vida. Total, como dice Paulo Coelho, “¿cómo juzgar en un mundo donde se intenta sobrevivir a cualquier precio, a aquellas personas que deciden morir? Nadie puede juzgar. Solo uno sabe la dimensión de su propio sufrimiento, o de la ausencia total de sentido de su vida”.

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