Don Galo se fue, don Galo nos marcó

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Don Galo se fue, don Galo nos marcó

El país lo habitaba. Lo inquietaba. También lo atormentaba’.

Esa sería la última vez que entraría a su oficina en 2004. Don Galo me recibió con ese aire apacible y reservado del cual pocas veces se desprendía. Ese 22 de diciembre concluía la asesoría de un año que me había generosamente propuesto, con el cargo de Editor General de Expreso.

¿Qué está pensando hacer?, preguntó. Le dije que quería fundar una revista semanal de información y análisis, que buscaría capital y socios y que pondría dinero en ese emprendimiento.

Su mirada se tornó cómplice. Pidió otro café y encendió otro cigarrillo. Con fechas y nombres, detalló las veces que él, a la cabeza de dos diarios, había propuesto a amigos suyos crear una revista. Él pensaba que debía estar en Quito. No concebía que Ecuador no tuviera una revista semanal de información y análisis. ¿Acaso un país serio -preguntó- se puede concebir sin una capital donde haya al menos una revista tipo Time, Veja, Noticias, Semana? Él no lo concebía.

No solo secundó la idea: dijo que él haría el primer aporte, avanzó una suma y puso solo una condición: que me hiciera cargo. Así nació, ahí en su oficina, la revista Vanguardia, que salió al mercado diez meses más tarde, con Andrés Crespo y diario La Hora como tercero y cuarto socio.

Hablar de don Galo es dejarse atropellar por un manojo de historias. No recuerdo una sola conversación suya en la que no hablara de periodismo. Leía diarios, veía noticieros. Comparaba sus noticias, analizaba editoriales y columnas de opinión. Rescataba notas, informes, reportajes, análisis. Descubría firmas. E irremediablemente comparaba el nivel periodístico promedio con otros países y se preocupaba. Él no quería esas diferencias. No escatimó recursos para hacer talleres, llevar conferencistas, profesores universitarios: quería mejorar el nivel de sus periodistas.

El país lo obsesionaba. Sus dramas. Esos círculos fatales que parecen maldición. Siempre hablaba de sus potencialidades y de las oportunidades desaprovechadas. El país lo habitaba. Lo inquietaba. También lo atormentaba.

Lo recuerdo hablando de política. De la baja calidad de sus políticos. De la inexistencia de partidos. De esas visiones chatas y de esas pasiones bajas que obstruyen el horizonte y obnubilan la razón. Él miraba desde la historia, que conocía, con prudente distancia, pero sin indiferencia; con vehemencia periodística, pero sin mayor ilusión.

Lo recuerdo alarmado por la educación. Por el nivel de los maestros. Por el destino de los chicos. Por esa imposibilidad casi connatural de levantar vuelo que observaba en el país. Por la politización absurda en ese sector donde en vez de seres pensantes y libres, algunos políticos querían niños y jóvenes catequizados.

Lo recuerdo hablando de libros. De esos baúles y cajas de libros que traía sin parar de Madrid, de Buenos Aires, de Bogotá. Don Galo los leía. Por placer y conocimiento. Y supongo también porque prefería la compañía de los libros, donde se refugiaba. No lo decía, pero se entendía que ese era su placer secreto, de espíritu libre y solitario. Leía y recomendaba títulos. Leía y anotaba títulos de libros recomendados que con seguridad compraba.

Recuerdo su llamada, años después, cuando volví a Expreso como subdirector, preocupado por un párrafo en una crónica de Roberto Aguilar. Yo era su editor. Él hablaba del vestido de una política correísta. El detalle subrayaba esa capacidad inaudita en ellos, de incluso ser otros para fines políticos. Don Galo escuchó y accedió. Me pidió, sin embargo, por favor, decir a Aguilar que tratara de no meterse con el vestido de las damas. Así era Don Galo. Un Caballero; un Señor que nos marcó.