El dilema

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El dilema

¿Alguien puede pensar que es serio el ofrecer regalar 1.000 millones de dólares la primera semana de gobierno?

Ríos de tinta han corrido los últimos días para analizar los diferentes debates entre los candidatos a presidir los destinos de nuestro país. Más allá de acordar en que los formatos propuestos no permitieron que se diera un debate, quedan algunas conclusiones para los electores.

En primer lugar, permitieron conocer a algunos de los candidatos. Ahora por lo menos podemos relacionar un nombre con una cara. Otra cosa diferente es vincular a cada uno con una ideología clara o con un partido que sea coherente con su discurso. Las incoherencias saltaban a la vista, por ejemplo, Isidro Romero, con un claro discurso de derecha (o de extrema derecha) aupado por Avanza, un partido que se vendía como de centroizquierda. O Carlos Sagnay, declarándose conservador y participando por Fuerza Ecuador (ex-PRE), partido de supuesta ideología socialdemócrata. Si hasta hace algunos años era posible identificar claramente la ideología de los partidos y de sus candidatos, hoy muchas quedan difuminadas bajo un falso pragmatismo que lo único que esconde son empresas electoreras formadas para venderse al mejor postor. Verdadera prostitución política.

En segundo lugar, pocos candidatos pudieron contestar adecuadamente las preguntas que fueron planteadas. En realidad, fue un verdadero ejemplo de tema libre y de planteamientos absurdos y poco o nada creíbles. ¿Qué quiso decir, por ejemplo, Gerson Almeida cuando habla de proteger la vida “antes” de la concepción? ¿Alguien puede traducir los enredos semánticos de Geovanny Andrade? (¿escopolamina?) ¿Se habrá enterado Isidro Romero de que la elección es para presidente y no para monarca y que hay principios y leyes que deben ser respetados? ¿Alguien puede pensar que es serio el ofrecer regalar 1.000 millones de dólares la primera semana de gobierno?

A pocos días de la elección presidencial, y en medio de la actual crisis sanitaria que cada día se ahonda más, no hubo argumentos suficientes que hagan pensar que el voto pueda ser una salida a costa de exponer la vida de los electores. ¿Votar o no votar? He ahí el dilema.