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Diario Expreso Ecuador

La historia de la gata ingrata: rescate, cariño y una desaparición sin final

Una historia íntima sobre el rescate, el cariño y la inesperada desaparición de una gata que marcó la vida de su dueña. Te la cuento

Una gata blanca cuida a sus crías en un entorno precario, evocando una historia de rescate, vínculo y misterio.

Una gata blanca cuida a sus crías en un entorno precario, evocando una historia de rescate, vínculo y misterio.Imagen generada con IA

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En un solar baldío, cubierto de arbusto y basura, Ruth encontró en una pequeña caja de zapatos tres gatitos recién nacidos.

Los recogió al pasar de regreso a casa del trabajo. Eran preciosos, todos de color blanco, cual capullos de algodón, que gemían de hambre.

Un hogar y una nueva vida

Los llevó a la casa, los cuidó, comprándoles siempre croquetas, mimándolos hasta el delirio, convirtiéndose en hermosas mascotas. Regaló dos de ellos y se quedó con la hembra, por ser la más linda: delgada y de cola esponjada.

La gata se acostumbró a dormir junto a la puerta del dormitorio de su dueña, maullando cuando tenía hambre o al querer salir de la casa.

Creció educada y relajada, logrando salir al patio a hacer sus necesidades. Ruth le compraba trajes vaporosos y vistosos.

Entre juegos y travesuras

Le agradaba jugar en el jardín y destrozar en ocasiones las flores. Era muy bello verla entre los colores de geranios, rosas y veraneras.

Lo más fatal era cuando se dedicaba a jugar con los muebles, rasgando sus envolturas con sus afiladas uñas.

Los vecinos la llamaban gata fea, porque era arisca y no se dejaba acariciar de nadie.

Solo jugaba con su dueña, envolviendo su lanuda cola entre sus piernas y maullando con ternura. Feliz de que le toquen su nariz. Sus ojos verdes eran un hechizo de pasión.

Instinto y libertad

La gata ingrata, en época de celos, salía y se perdía por días entre los techados de las casas vecinas, causando alborotos.

Un día la dueña la esterilizó y se cansó de salir de casa. Desde aquel día la gata dejó de esperar a su dueña en la puerta o ventana a la hora de llegada.

Hasta que se escapó y jamás volvió. Muchos piensan que se la robaron o la mataron sin dejar huella.

Siempre se la recuerda como la ingrata cara de gata de color blanco. Otros la ven acompañada de un gato llamado Roberto por azoteas lejanas, jugando a la faz de una luna llena.

Evelio Reyes Tipán

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