Quo Vadis, Humanitas? II
El debate entre fe y tecnología plantea desafíos sobre el futuro de lo humano, en un mundo marcado por avances científicos y crisis globales.

El avance tecnológico reabre el debate sobre ética, trascendencia y el sentido de la condición humana.
El documento de la Comisión Pastoral Internacional, “Quo vadis, humanitas?”, responde a la misma preocupación religiosa e intelectual por entender el mundo contemporáneo que la Constitución Pastoral, “Gaudium et Spes” que cumplió en 2025 su sexagésimo aniversario. Es un intento de diálogo entre la fe cristiana y las tendencias más significativas de la época. No se trata de un ejercicio de diálogo sin consecuencias: lo que se debate es el futuro de lo humano.
Progreso tecnológico y crisis de lo humano
La especie humana se encuentra en una contradicción: se encuentra por una parte, en una cima de desarrollo que apunta a un progreso sin límites, centrado exclusivamente en lo tecnológico. Como consecuencia tiene una visión optimista y prometeica del desarrollo humano. Pero por otra, el mundo actual es un escenario en llamas que muestra los horrores a los que puede llegar el ser humano no solamente por las devastadoras guerras regionales que se libran, sino también por otros fenómenos como las hambrunas, las migraciones forzadas, devastaciones climáticas, condiciones límites de pobreza. Así lo mejor y lo peor de lo humano aparecen mezclados sin continuidad. Las artes y el cine hacen énfasis en el carácter pesimista del desarrollo de lo humano.
La visión cristiana ante biotecnología y futuro
La iglesia católica no se opone a la tecnología ni a la transformación que este implica siempre y cuando se mantenga la apertura a la trascendencia de la condición humana. Como se sabe, el cristianismo rompió con la visión cerrada del mundo antiguo cuando planteó que el hombre estaba abierto al futuro gracias a la libertad y que debía ser dueño de su propio destino. Esta apertura al futuro supone que el hombre busca ir más allá de sus limitaciones existenciales y asumir el misterio de la redención. Ello supone aceptar la otra cara de la condición humana: su fragilidad, es decir, la enfermedad, la vejez, la muerte en último término. Resulta obvio que una cultura definida por la tecnología y su rampante escalada no tiene tiempo para considerar a la fragilidad y al sufrimiento, sobre todo como desafíos que deben superarse.
Las biotecnologías y las neurociencias están modificando la percepción del cuerpo humano: mejoran la salud, pero pueden considerarlo como un objeto que puede ser manipulado y perfeccionado. En cambio, para el cristianismo la vida debe vivirse como vocación. ¿Están preparados los cristianos actualmente para responder desde su fe los cambios trascendentales que se están produciendo y que dejan fuera de lugar el misterio y la trascendencia?