El fraude sin tapujos
La Sra. Atamaint, inmutable ante las críticas, sabrá que ha ganado el Óscar como la persona más detestable del país
Creo que el fraude ha sido el común denominador en elecciones; antiguamente era solapado, disimulado, pero desde que comenzaron los apagones, se hizo abiertamente, sin pizca de vergüenza y como si fuera lo más natural del mundo. El 20 de agosto el descaro llegó al colmo. Hay fotografías tomadas por votantes donde uno de los miembros de mesa saca unas papeletas de debajo de la mesa; en otra mesa la candidata tenía 40 votos y le pusieron 100. Lo sucedido en Europa, Estados Unidos y Canadá es inaudito, pero no hay a quién reclamar y entonces todo queda igual. El mayor fraude es con la lista de asambleístas. Es imposible que robolución ciudadana saque 50 asambleístas si sabemos que los anteriores solo estuvieron calentando silla. La Sra. Atamaint, inmutable ante las críticas, sabrá que ha ganado el Óscar como la persona más detestable del país. Miles la encuentran odiosa, pero claro, esto no le hace ni cosquillas, mientras goce del cariño y eterno agradecimiento de su patrón, el innombrable, de quien cumple órdenes a rajatabla, segura de que nadie la puede destituir. Y a propósito de esto, a los actuales miembros del CNE se les vencieron sus funciones hace casi tres años. ¿Cómo es posible que ningún organismo los haya relevado? ¿O esos puestos se convirtieron en vitalicios? Allí quedan esas inquietudes para ver si alguien les da respuesta o quedan como casi todo lo malo, en el limbo.
Lourdes Meloni