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Diario Expreso Ecuador

Relaciones bilaterales

Groenlandia: la anexión sin anexión

ANÁLISIS. El presidente de EE.UU., Donald Trump, convierte el territorio ártico en el laboratorio de una nueva lógica geopolítica

El Ministro de Defensa danés, Jeppe Bruus (izq.), y el Ministro de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Mute B. Egede, en ejercicio militar de la OTAN Arctic Shield 2026 en Narsarsuaq, Groenlandia.

El Ministro de Defensa danés, Jeppe Bruus (izq.), y el Ministro de Asuntos Exteriores de Groenlandia, Mute B. Egede, en ejercicio militar de la OTAN Arctic Shield 2026 en Narsarsuaq, Groenlandia.EFE

Fernando Insua Romero
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Hay guerras que se ganan sin disparar un solo tiro, y esta semana el mundo fue testigo de una, histórica y de insospechados resultados geopolíticos a la larga. 

El pasado viernes 18 de septiembre, Donald Trump anunció lo que llamó "un acuerdo de vida indefinida, no tiene fin" con Dinamarca y Groenlandia: control permanente sobre la seguridad de la isla ártica, presencia militar sin fecha de caducidad y veto total a cualquier ambición china o rusa en la región. 

Se firma esta semana en Nueva York, coincidiendo, con humor involuntario, con la Asamblea General de la ONU, como demostrando la nula capacidad de la ONU de hacer algo que no sea inflar burocracia o ampliar el mapa de África.

Y como el diablo está en los detalles, la victoria de Trump sobre la crisis groenlandesa radico en la retórica del asunto. Dinamarca y Groenlandia insisten, como lo hicieron desde enero, en que la soberanía no se negocia. Solo se negocia "lo político": seguridad, inversiones, sobrevuelos, bases cuantas hagan falta. 

Una victoria sin cambiar la bandera

Es decir, todo menos la bandera. Trump no necesitó comprar la isla -como fantaseó en su momento, con esa lógica de magnate que confunde territorios con inmuebles-le bastó con quedarse a vivir en ella. Groenlandia sigue siendo groenlandesa en el papel; en los hechos, es un portaaviones permanente de Washington en el Ártico.

Vale recordar el origen, porque no fue un capricho de un día: en enero, la Casa Blanca amenazó con sanciones a ocho aliados que se opusieron a la anexión, Dinamarca desplegó tropas de élite, y una asesora presidencial publicó un mapa de la isla con la bandera estadounidense y la palabra "pronto". 

De ahí se pasó al "marco de acuerdo" de Davos, usando al secretario de la OTAN como intermediario, hasta el pacto final de esta semana.

El nacimiento de una doctrina

Lo interesante -y lo que da vértigo históricamente- es que el trumpismo, que tanto se acusa de improvisado, empieza a mostrar una columna vertebral. Y las doctrinas de Estado casi nunca nacen ordenadas: nacen como reacciones que alguien, un asesor, un historiador, el propio tiempo, convierte después en teoría. 

La Doctrina Monroe de 1823 fue un discurso puntual contra el temor de recolonización europea en América; solo décadas más tarde, con el "corolario" de Roosevelt, se volvió la justificación permanente para que Washington interviniera en su "patio trasero". 

La Doctrina Truman nació de un pedido de auxilio para Grecia y Turquía, y terminó siendo el mapa mental de toda la Guerra Fría. Nadie, en el momento, sabía que estaba viendo nacer una doctrina; probablemente pensaban que solo veían a un presidente pidiéndole dinero al Congreso. Así se escribe la historia: de espaldas a quienes la protagonizan.

Groenlandia, técnicamente europea pero geográficamente americana, es el territorio perfecto para actualizar esa vieja lógica: esto es mi hemisferio, ustedes no entran. 

Y aquí aparece el otro protagonista silencioso de esta columna: una Unión Europea cada vez más incapaz de garantizar la integridad de sus propios miembros. Bruselas puede legislar sobre aranceles al queso o al chocolate, pero cuando se trata de defender a Dinamarca frente a su propio aliado, no tiene con qué responder. 

El hemisferio como nuevo tablero de poder

No tiene un Monroe propio, ni la unidad militar para sostenerlo y una fuerza moral y cívica hundida. La OTAN, que debía ser el freno, terminó siendo la bisagra que facilitó el acuerdo: fue el propio secretario general quien allanó el camino, en su condición de aliado de ambas partes.

Sumemos a que todo esto ocurra mientras Panamá recibe presiones parecidas sobre su Canal y Canadá escucha, entre bromas que ya no suenan tan a broma, que podría convertirse en el "estado 51". 

Ningún hecho aislado hace doctrina, pero tres coincidencias empiezan a parecer patrón, y un patrón, sostenido en el tiempo, empieza a parecerse peligrosamente a una política de Estado.

Lo curioso es que quizás dentro de veinte años los libros de historia llamen a esto "la Doctrina Trump" con la misma naturalidad con que hoy hablamos de Monroe, sin que nadie recuerde que empezó con un mapa en redes sociales y la palabra "pronto" en la red social de un presidente que para bien o para mal, acaba de cambiar al mundo o confundirlo por décadas.

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