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Diario Expreso Ecuador

Rituales ancestrales

Temazcal en Urdesa: Así es el rincón milenario donde el fuego sana rencores y duelos

Junto al estero Salado, en el norte de Guayaquil, se realizan ceremonias que atraen a cada vez más personas que buscan un espacio de conexión espiritual

En esta fogata son colocadas las piedras volcánicas, llamadas abuelitas, que servirán para generar el vapor sanador.

En esta fogata son colocadas las piedras volcánicas, llamadas abuelitas, que servirán para generar el vapor sanador.MARÍA FERNANDA CARRERA TOSCANO / EXPRESO

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Lo que se sabe

  • Las ceremonias de temazcal se realizan en una casa de Urdesa
  • Con el ritual ancestral se busca que las personas afronten duelos y manejen la ansiedad
  • La práctica, procedente de México, es una ceremonia de purificación

En el patio de tierra y hierba de una casa de Urdesa, al norte de Guayaquil, construida a orillas del estero Salado, se levanta el temazcal Casa Raíz

Son las siete de la noche de un martes de junio. Afuera, la ciudad parece haberse vaciado. Adentro, esta vivienda esconde un secreto ancestral. Desde la acera del frente se percibe el olor del fuego y las hierbas aromáticas.

¿Cómo es una ceremonia de temazcal?

La soledad de la calle y la rapidez con la que circulan los autos contrastan con lo que ocurre en el patio. Una veintena de personas (hombres y mujeres, jóvenes y adultos mayores) esperan en silencio junto a una estructura negra que recuerda a una tienda de campaña. 

Lucen trajes de baño, vestidos y faldas sencillas. Algunos conversan en voz baja; otros esperan con la curiosidad de quien está a punto de vivir una experiencia desconocida.

A pocos metros arde la fogata que calienta las piedras volcánicas llamadas “abuelitas”: redondas, incandescentes, acogedoras. El calor comienza a expandirse desde el centro del patio. El temazcal comienza a calentarse.

A las siete y cuarto de la noche se forma una fila frente a la estructura. Uno a uno, los asistentes se arrodillan antes de cruzar la pequeña puerta de lona. Nadie habla demasiado. Algunos sonríen con timidez; otros observan cada detalle.

Helga Luzuriaga, vestida de verde olivo, organiza el ingreso: “Los que vienen por primera vez, mejor si se sientan cerca de la puerta”.

Adentro apenas caben unas 20 personas. El techo es bajo. No hay ventanas. Solo un hueco excavado en el centro del piso espera las piedras que todavía se calientan en la fogata.

Este es el significado de las piedras que se usan en el temazcal

Un hombre de piel bronceada levanta la lona. Otro aparece cargando una pala con la primera piedra volcánica. Camina despacio hasta el centro del temazcal (baño de vapor) y la deposita con cuidado. Luego vuelve por otra. Y otra más. Siete piedras en total. Nadie las llama piedras. “Son las abuelitas”, explica Luzuriaga.

Cada una llega al rojo vivo desde el fuego que crepita afuera. Cuando la última ocupa su lugar, entra también un balde con agua y un atado de hierbas aromáticas. La puerta se cierra.

Basta que el agua caiga sobre las “abuelitas” para que el vapor invada el recinto. El aroma del eucalipto llena el ambiente. La temperatura asciende con rapidez. Es un calor que no golpea de inmediato; primero envuelve el cuerpo y luego obliga a respirar más despacio.

Entonces Luzuriaga comienza a cantar. De a poco otras voces se unen. Algunos conocen la letra de memoria; otros apenas siguen el ritmo. La canción agradece por los alimentos, la naturaleza y el aire.

Cuando termina, Luzuriaga pide que abran la puerta. Una mujer levanta la mano. Es su primera vez en un temazcal. “¿Puedo salir?”, pregunta. La guía le explica: “No hace falta. Saca un momento la cabeza y respira el aire del estero”.

La mujer obedece. Aspira profundamente mientras la noche entra apenas por la abertura de la lona. Minutos después la puerta vuelve a abrirse. Otras siete “abuelitas” ingresan una por una. El calor se eleva.

Temazcal es una ceremonia de purificación procedente de México

Para Luis Alberto Portaluppi, esta ceremonia es una herencia. Él nació en Guayaquil, pero recibió estos conocimientos de sus padres, quienes tienen un temazcal en Cinco Cerros, provincia de Manabí. Allí aprendió el lenguaje del fuego, del vapor y las piedras.

También comprendió que el temazcal no es simplemente un baño de vapor, sino una ceremonia de purificación que diversos pueblos originarios del norte de lo que ahora es México y Estados Unidos practican desde hace siglos. “Mi abuelo trajo esta ceremonia. Hemos aprendido con mamas y taitas estos saberes”, menciona.

La Universidad Nacional Autónoma de México señala que el temazcal (del náhuatl temazcalli, que significa “casa de vapor”) forma parte de las prácticas ceremoniales y terapéuticas de numerosos pueblos indígenas de Mesoamérica. Durante siglos ha sido utilizado para sanar el cuerpo, fortalecer el espíritu y preparar momentos de la vida comunitaria.

Portaluppi participa en estos rituales desde joven. Habla del temazcal como quien recuerda una casa a la que siempre puede volver, el vientre de una madre. Para él también representa una forma de honrar la memoria de los pueblos indígenas de América Latina, un legado que su familia se empeña en mantener vivo.

Otra tradición que preservan es la búsqueda de visión en la montaña. Él recuerda la primera vez que subió a Shuracpamba, en la provincia de Azuay. Lo hizo guiado por su padre. Desde entonces ambos acompañan a personas interesadas en mantener viva esta práctica.

La búsqueda de visión comienza con una caminata hasta la montaña. Allí cada participante permanece solo: el primer año, durante cuatro días; el segundo, durante siete; el tercero, durante nueve. No hay comida. Tampoco agua. Solo silencio.

Portaluppi asegura que el propósito no es resistir el hambre ni la sed, sino aprender a escuchar. Permanecer el tiempo suficiente para que desaparezca el ruido cotidiano y pueda surgir una visión, una conexión directa con el espíritu. “No hay ningún intermediario. Solo estás tú y la naturaleza. Abajo permanece la gente que te cuida, pero la experiencia es completamente personal. Es una relación muy especial con la naturaleza”.

Dentro del temazcal, la ceremonia continúa. En la segunda ronda de cantos, Luzuriaga agradece al agua. Habla del daño que provoca el rencor y les pide a los asistentes que piensen en aquello que los mantiene atados.

Las respuestas aparecen de a poco. Alguien menciona las redes sociales; otra persona, la necesidad constante de aprobación; otros hablan de la comida. Ella los invita a dejar ir la rumiación mental, el odio que carcome el alma. Les pide que sean como el agua: que aprendan a fluir.

El calor vuelve a subir. Entra un balde con agua fresca. La mayoría se la vierte sobre el cuerpo. Corre entre el sudor, alivia la piel y, por un instante, parece calmar también el peso que cada uno llevó hasta ahí.

Con la tercera entrada de las “abuelitas”, Luzuriaga dirige el canto hacia la tierra. Una de las participantes recuerda a su abuela, fallecida hace poco, y la llama “pajarito”. La voz se le quiebra apenas un instante antes de unirse otra vez al coro. Los demás siguen cantando.

Cuando llega el momento de recibir las últimas piedras, la puerta vuelve a abrirse. Entra el último golpe de calor. Una canción más. Después, el silencio. Cantan al fuego.

La lona se levanta y los participantes comienzan a salir, uno tras otro. Algunos pasan directamente a la ducha para dejar que el agua les recorra el cuerpo. Otros prefieren acostarse sobre la hierba y permanecer inmóviles, respirando la humedad que llega desde el Salado.

Una mujer llora. Las demás la rodean sin hacer preguntas. Ella solo alcanza a decir que sintió cómo un dolor que llevaba dentro finalmente la había abandonado.

Poco a poco el lugar vuelve a llenarse de conversaciones. Algunos acuerdan encontrarse en el siguiente temazcal. Otros se despiden con abrazos largos.

El patio vuelve a quedar en silencio. Solo permanecen la estructura negra, las piedras que hace un momento ardían y el aroma del eucalipto suspendido en el aire. 

Una semana después, el fuego volverá a encenderse y la pequeña casa de vapor abrirá otra vez su vientre para recibir a quienes buscan, entre el calor, el silencio y los cantos, una forma de volver a empezar.

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