Poesía de Guayaquil: los versos y autores que son patrimonio eterno de la ciudad
Autores contemporáneos cuentan cómo la literatura porteña ha resistido al tiempo, y cómo la academia impulsa su práctica para incentivarlo

La ciudad 'atraviesa' a los autores de poemas; imprimen con arte lo que sienten de la misma, y como interviene en la cotidianidad. Guayaquil se encuentra en la poesía.
La poesía local arranca siglos antes del neoclasicismo de José Joaquín de Olmedo; asumir lo contrario es un error histórico. Ya en la época colonial surgieron plumas notables como la religiosa mística Catalina de Jesús Herrera, el sacerdote Jacinto de Evia y el dauleño Juan Bautista Aguirre. Este último, en el siglo XVIII, escribía décimas sobre Guayaquil y Quito con una inusual carga de humor e ironía, retratando la prosperidad portuaria de la urbe tras las reformas borbónicas.
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Reseña histórica de la poesía
Ángel Emilio Hidalgo, poeta e historiador, detalla a EXPRESO que los escritores locales emergen en ciclos para retratar a la sociedad. Destaca hitos como la generación de Medardo Ángel Silva en 1915, que abrió el campo literario moderno y la crítica, adentrándose a explorar como cronista los espacios marginados de la ciudad, como los fumaderos de opio.
Luego irrumpieron agrupaciones como el Club 7 en 1954, que exploró las problemáticas del sujeto urbano existencialista, o Sicoseo en los setenta, que integró el habla coloquial de la calle. Ese legado, afirma el catedrático de la Universidad de las Artes (UArtes), sobrevive hoy en las aulas universitarias. La academia visibiliza la obra de jóvenes promesas a través de publicaciones y recitales abiertos.
Historia escrita en versos por mujeres

Siomara España, rebuscando entre los cientos de libros de la colección de la Biblioteca de las Artes
Esta herencia halla su mayor potencia en las voces femeninas. Siomara España, poeta y docente, enfatiza que la obra actual obedece a un linaje histórico de autoras invisibilizadas, desde Ángela Camaño, Teresa Alavedra y Flor de Té (seudónimo de Alida Hidalgo) en el modernismo, hasta referentes posteriores como Ileana Espinel, Sonia Manzano, Mónica Ojeda, María Fernanda Ampuero y Andrea Crespo. “Hoy por hoy, Guayaquil tiene una fuerza enorme en la poesía, sobre todo escrita por mujeres”, sostiene.
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España menciona que las autoras contemporáneas abordan temáticas viscerales, donde el cuerpo y la violencia urbana son ejes centrales. Escriben sobre el ruido incesante, el sol que calcina y una urbe que vulnera, a la vez que restituyen con sus versos las voces silenciadas por crímenes como los femicidios. Nombra a Espinel como pionera en retratar el "cuerpo medicamentoso" y sedado, un síntoma que sigue vigente para nombrar la enfermedad y la psiquis. “El cuerpo, el espíritu, el alma está atravesada”, reflexiona.
Iniciativas juveniles en la digitalidad
La efervescencia de los nuevos talentos encontró un ecosistema natural en la digitalidad. El proyecto 'La Chica y la Ciudad', gestionado por Niza Ochoa, Kathya Carvajal y Kiersten Jungbluth, democratiza la creación literaria mediante redes sociales y un blog.
Allí reciben obras de múltiples provincias que retratan desde el bochorno climático hasta la desigualdad y la inseguridad. En sus publicaciones resuenan versos que recuerdan a las víctimas de la violencia urbana, como "Los 4 de Guayaquil".
"El autor guayaquileño necesita entender su contexto y plasmarlo”, argumentan sus creadoras, advirtiendo que si callan serán cómplices del olvido y que el arte urge de espacios seguros en medio de un entorno hostil.
La academia, resistencia literaria
En este engranaje, las aulas operan como trincheras. Santiago Toral, docente en la Universidad Casa Grande, observa a la poesía metamorfoseada. Sus estudiantes entrelazan el lenguaje poético con producciones audiovisuales, cinematográficas y teatrales, priorizando la prosa sobre la rima para reinterpretar la crudeza de la calle y las inquietudes sobre sus propios cuerpos. Esto se ha cristalizado en proyectos como el poemario artesanal 'Oficio de Sombras' y en futuras series web basadas en la obra de César Dávila Andrade.
Aunque la industria editorial prioriza comercialmente la narrativa por sobre los versos, el interés juvenil persiste en nuevos formatos. Los talentos publican en fanzines autogestionados, blogs y se congregan espontáneamente para recitar. “Pareciera que tiene como poco espacio en las editoriales, pero igual está la poesía ahí levantándose, diciendo ‘aquí estamos’”, añade el académico.
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Esa resistencia germina en sectores vulnerables como Socio Vivienda, asegura Toral. Relata el caso de un estudiante graduado que, desde esa zona conflictiva, no evadió su dura realidad cotidiana, sino que la reinterpretó mediante la escritura para salirse de la mirada puramente visceral. “El desafío es mirar esa violencia desde una perspectiva poética”, afirma el docente. Así, este arte guayaquileño sobrevive abrazando e imprimiendo el sentimiento de su propio caos.