Grecia Albán: “En la Amazonía, la naturaleza es la mejor orquesta”
El universo de la artista latacungueña abarca ritmos como el huayno, el yumbo, la electrónica, el jazz y los sonidos de la selva

Grecia Albán estudio violonchelo en el Conservatorio Nacional de Música. Es licenciada en Música Contemporánea y Canto por la Universidad San Francisco de Quito.
Al nacer en Latacunga y vivir gran parte de su niñez en Tena, Grecia Albán tuvo un acercamiento muy especial con la música.
Atesora recuerdos como oír acercarse la banda de pueblo y caminar con las comparsas en las fiestas de Corpus Christi o la Mama Negra en su ciudad natal, en la Sierra centro.
O reunirse con su familia por la noche para escuchar las mil y un voces de la selva amazónica, como si fuera una gran orquesta.
Todos esos sonidos forman parte de su imaginario. Pero ella concibe aquello que llamamos música tradicional ecuatoriana (formada, a su vez, por muchos mundos) como un espacio de juego, exploración y descubrimiento que, perfectamente, puede beber también de otras tradiciones y de referencias actuales.
Después de su presentación el 12 de julio en el concierto Cantos de altura, en el Teatro Nacional Sucre de Quito, en conversación con EXPRESIONES la arista cotopaxense habló de sus influencias, las satisfacciones que le brinda la docencia, lo que significa hacer música con otras artistas ecuatorianas y su visión sobre el estado actual de la escena nacional.
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La tradición como espacio lúdico
Usted nació en Cotopaxi y vivió gran parte de su niñez en Napo. ¿Cómo fue crecer en estos lugares donde la música lo atraviesa todo en la vida de sus habitantes?
En Cotopaxi, y creo que en toda la Sierra central del Ecuador, la música popular acompaña la ritualidad de los pueblos. La música es como una columna vertebral que sostiene la ritualidad. Hay toda una construcción social, una organización económica, de creencias, de la fe inclusive, a través de la fiesta.
¿Y en la Amazonía?
En la Amazonía la naturaleza es la mejor orquesta. Creo que el sonido demuestra la salud de la selva también. Entre más diversos son los sonidos, entre más complejos, es porque hay más animalitos, la vida está sucediendo. Para nosotros era un estímulo impresionante sentarnos en familia en el balcón, durante la noche, a escuchar la selva, sus bichitos, sus sapitos, sus aves y sus aguas.
Grecia, su música no solo apela a la tradición.
El pasillo, sanjuanito, huayno, yumbo son posibilidades para dialogar con nuestros ancestros, con la cultura que nos ha criado, pero no deja por fuera lo que hoy somos como personas. La música ecuatoriana debe ser un espacio lúdico y libre en el que la tradición se va transformando. No puede ser algo estático ni rígido, porque podría dejar por fuera a los jóvenes, que también quieren formar parte de esa tradición y a su vez aportar a ella.

La artista cotopaxense ha llevado su música a escenarios de otros países sudamericanos, Estados Unidos, Europa y Asia.
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Actualmente en Ecuador hay muchas artistas femeninas que están siendo muy honestas consigo mismas y haciendo música que se aleja de fórmulas preestablecidas.
En Ecuador se da un fenómeno bastante interesante. Hay pros y contras de no ser una megaindustria de la música. Digamos que nuestro referente más cercano es Colombia, que tiene unos artistazos. Y la industria musical ha ido como entendiendo cómo tienen que ser los artistas para encaminarse hacia esa grandeza.
A diferencia de lo que ocurre en Ecuador.
Aquí, como no tenemos eso, lo que ha surgido de forma positiva es que cada uno busca su camino. No hay una idea de ‘tengo que ser esto para lograr pegar’. Eso nos ha llevado a buscar unos caminos bastante sinceros y bastante propios.
Y es raro que los proyectos se parezcan.
Eso es súper positivo porque creo que quien venga al Ecuador o escuche la música ecuatoriana, y también hecha por mujeres, se da cuenta de que hay un abanico de propuestas muy diversas y muy propias.
Su trabajo también la ha vuelto un referente para otras artistas.
No empecé pensando en volverme un referente de nada, sino porque tenía la necesidad de hacer música. Yo hago música por una necesidad de compartir lo que pienso a través de este canto. He tenido muchas dudas o inseguridades en aspectos como la técnica, por ejemplo. Mi proceso ha sido muy de explorar y de conocerme también a través de la música y del tiempo.
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Su labor como docente
¿Cómo influye en su carrera musical el hecho de ser docente? ¿La interacción con los estudiantes genera una retroalimentación súper valiosa?
Ser docente es una oportunidad enorme de aprender, pero también de acompañar a otras personas en su relación con la música. Es un privilegio y una responsabilidad súper grande. Es algo que a mí me gusta mucho porque tengo la posibilidad de ir viendo cómo estos artistas se van desarrollando, descubriendo, encontrándose, perdiéndose. Y creciendo técnicamente, creciendo como personas y como profesionales.
Las colaboraciones con otros artistas también son enriquecedoras. Tanto con aquellos de más experiencia como con músicos que están empezando su andar.
A mí me conmueve mucho el trabajo de muchos artistas ecuatorianos que son anteriores a nosotros. Por ejemplo, uno de mis referentes principales es Álex Alvear. Y tengo la dicha de que podamos trabajar juntos.
En el concierto Cantos de altura compartió escenario con varias artistas mujeres de la escena nacional
Sí, con Ilyari, Iraiz Oviedo, Linda Pichamba y Crislejany Preciado. Son músicas a las que admiro impresionantemente, por la forma de ser de cada una, por su obra. Me interesa mucho poder colaborar con ellas y seguir aprendiendo de sus formas.