enfermedad agrícola
Xylella fastidiosa en Ecuador: lo que la ciencia busca saber para frenarla en los campos
En Loja se rastrean a posibles insectos transmisores. Un jardín de Santo Domingo dio negativo en 17 especies. Falta saber qué subespecie circula en el país

Técnicos del Jardín Botánico Padre Julio Marrero recolectaron muestras siguiendo un protocolo de la red internacional de jardines botánicos y se enviaron a laboratorios en España.
Lo que se sabe
- La Xylella fastidiosa ya fue confirmada por Agrocalidad en El Oro, Loja y Zamora Chinchipe, y no existe un tratamiento que cure a las plantas infectadas.
- El jardín botánico de la PUCE en Santo Domingo envió a España muestras de 17 especies con síntomas sospechosos, y todas dieron negativo.
- Ecuador aún no tiene un método propio para detectar la Xylella antes de que se vean los síntomas, y falta definir qué especies son susceptibles, qué subespecie circula y por dónde entró.
A cuatro meses de que Agrocalidad confirmara la presencia de la Xylella fastidiosa en el país —una plaga cuarentenaria, es decir, con potencial para causar daños económicos en cultivos susceptibles—, la Universidad Nacional de Loja (UNL) desarrolla una investigación para identificar los insectos que podrían transmitirla. Su objetivo es entender por dónde puede avanzar una bacteria detectada en cultivos de El Oro, Loja y Zamora Chinchipe y para la que no existe cura.
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Según la Agencia de Regulación y Control Fito y Zoosanitario (Agrocalidad), los primeros casos positivos se detectaron en septiembre de 2025 en cafetales de Zamora Chinchipe y luego en Loja. La confirmación oficial llegó el 10 de junio de 2026, con hallazgos también en El Oro. EXPRESO publicó información basada en la Resolución 0187, que recogía los resultados de los primeros monitoreos y declaraba la presencia de la plaga, hasta entonces no difundida públicamente. El 7 de julio, Ecuador notificó el caso a la Convención Internacional de Protección Fitosanitaria (IPPC).
Seguirles la pista a los insectos
Marlon Pineda, responsable del Laboratorio de Sanidad Vegetal de la UNL, participó en la mesa técnica del café reunida en Loja en julio, junto con Agrocalidad, el Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias (INIAP) y productores. Desde la academia, su trabajo se centra en identificar qué insectos podrían contribuir a la propagación de la bacteria y dónde están presentes. Para ello, recolecta y clasifica cicadélidos y cercópidos, insectos chupadores de savia emparentados con las cigarras que pueden transmitir la bacteria de una planta enferma a una sana. “No estamos diciendo si son positivos o negativos, que eso es en un segundo momento”, aclara Pineda. La primera fase busca determinar qué especies hay y en qué zonas de la provincia, para identificar posibles rutas de propagación de la enfermedad.
La segunda apuesta de la UNL es adelantarse al problema. Con estudiantes de la maestría en Sanidad Vegetal, la universidad plantea modelar cómo se distribuye la enfermedad y cómo podría extenderse si no se aplican medidas de manejo. Esta iniciativa se vincula con una propuesta presentada a los fondos de inversión agropecuaria del Estado (FIASA): una "bioplataforma" para vigilar la enfermedad, analizar el ADN de la bacteria y capacitar a técnicos. Sin embargo, Pineda espera que el proyecto no se quede "a nivel de la academia", sino que permita al productor "conocer cómo está en campo, cómo se hace un diagnóstico correcto". La propuesta pasó a la segunda fase y sus resultados se esperan entre fines de octubre e inicios de noviembre.
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El jardín en Santo Domingo que vigila para Europa
El Jardín Botánico Padre Julio Marrero, de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) en Santo Domingo, no abre al público, pero guarda colecciones de plantas endémicas y en peligro. Es el único del país acreditado ante Botanic Gardens Conservation International (BGCI), una red mundial de jardines botánicos. Esa credencial lo conectó con la International Plant Sentinel Network, que usa los jardines como puestos de vigilancia de enfermedades vegetales. En 2025, BGCI lo invitó a sumarse a un esfuerzo ligado al proyecto europeo BeXyl, de unos 7 millones de euros y vigente hasta agosto de 2026, para extender el monitoreo a Sudamérica.

El equipo observó y proceso muestras de las plantas con síntomas sospechosos.
El método fue sencillo en el papel. El jardín revisó su colección frente a la lista de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), que reúne unas 750 especies susceptibles a la bacteria, y siguió a las que mostraban síntomas sospechosos. Luego recolectó muestras y las envió a laboratorios en España. Fueron 17 especies, entre ellas brásicas (familia de las coles y los rábanos), café, cítricos como mandarina, limón y lima, flores como Hibiscus acetosella e Hibiscus rosa-sinensis, y la palmera de Senegal (Phoenix reclinata).
Los análisis, hechos por duplicado, dieron negativo en las 17. Ver una hoja enferma no basta para saber qué la enferma. “Los síntomas que presentan las plantas infectadas son exactamente iguales que los síntomas que presenta una planta que tiene déficit de agua o una planta que tiene déficit de nutrientes”, explica Francisco Sánchez, profesor de la PUCE que participa en la gestión del jardín. Por eso, añade, “la única forma de saberlo es haciendo análisis moleculares”. Una prueba de ADN (tipo PCR).
Sánchez lee el resultado con calma. Su jardín, dice, “aparentemente está fuera de peligro” y no hay “ningún foco de infección” gracias a su plan de manejo: toda planta nueva se revisa y pasa por cuarentena, “igual que en un hospital”. Aun así, deja una puerta abierta: pudo ser pura suerte y “siempre cabe alguna duda”. Por eso el jardín seguirá como centinela, aunque el presupuesto de este microproyecto ya se agotó y espera una ampliación.
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Para Sánchez, esto da a los jardines de conservación un rol nuevo por desempeñar: “No es la investigación, no es la conservación, no es la educación, sino que es la bioseguridad. Somos, por tanto, veedores”. La razón es que la bacteria ataca a casi cualquier planta, de cultivos a ornamentales y silvestres. “Si solo ponemos el foco en los cultivos, lo que va a pasar es que se estén desatendiendo posibles focos de dispersión”, advierte. Pineda coincide en que los espacios de conservación deben entrar en una segunda etapa. En el jardín botánico de la UNL, en Loja, dice que no hay reportes de la bacteria: “tenemos espacios libres”, pero hay que seguir monitoreando.

En zonas productivas de Perú la subespecie pauca de la Xylella se establece de manera significativa en cultivos de café.
Las dos preguntas que siguen abiertas
Europa ya identificó más de 750 especies susceptibles. En Ecuador, el mapa sigue en blanco, y Pineda prefiere no adelantarse: “No me atrevería a decir que la bacteria está en otra especie cuando no tengo el resultado”, afirma. Hoy el foco está en el café, según ha reportado la autoridad fitosanitaria, donde el equipo de investigadores de la UNL busca la subespecie pauca, ya reportada en el mismo cultivo en Perú, pero definirla con certeza en Ecuador requiere más estudios. La duda no es menor, porque el café crece junto a otros cultivos y habría que saber si la bacteria puede saltar de uno a otro.
La otra incógnita es el origen. Pineda la plantea así: “¿por dónde vino?, ¿qué movilidad existió?". Pudo ser en transporte de material vegetal o por insectos, dice, y saberlo ayudaría a reforzar el control en frontera, algo que exige dinero y personal. Pero en la actualidad, admite, “no hay información base”, por lo que toca generarla.
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La detección temprana
“Cuando el ojo humano ya ve el síntoma de la plaga, ya no hay nada que hacer”, resume Alex Bustos, consultor de la ONU. Las cámaras hiperespectrales y térmicas miden la fluorescencia de la clorofila, una señal que emiten las hojas, para distinguir si una planta tiene déficit hídrico, una enfermedad o le faltan de nutrientes. Pero hacerlo exige un algoritmo (un programa que aprende a reconocer esos patrones) validado para cada problema.
En Ecuador, ese paso aún no existe para Xylella fastidiosa ni para otras plagas cuarentenarias, es decir, aquellas que representan un riesgo potencial para la producción agrícola de un área. "No conozco en Ecuador que exista un estudio puntual que diga tenemos un algoritmo diferenciado para Xylella fastidiosa", reconoce Freddy Magdama, del Centro de Investigaciones Biotecnológicas del Ecuador (CIBE). Lo que hay son drones de Agrocalidad, pensados para el Fusarium R4T y el moko, que sobrevuelan fincas y avisan de plantas sospechosas por sus síntomas visibles para que un técnico las revise y haga los análisis de verificación correspondientes.
Para el banano, en cambio, el panorama va más adelantado. Magdama, cuyo campo de trabajo es el Fusarium, conoce algoritmos “mucho más avanzados”: Taiwán trabaja “fuertemente” en esa tecnología y la ESPOL publicó hace poco un estudio que usa longitudes de onda y fotografías para detectar la enfermedad. Aunque no sirven para la Xylella, muestran el camino. “Nos acercamos cada vez más”, afirma.
Desinfectar sin continuar contaminando el ambiente
En el campo, la primera barrera es la bioseguridad. En estos protocolos domina actualmente el amonio cuaternario, que, según Magdama, resiste mejor la tierra y la materia orgánica. Pero el investigador pide considerar también su costo ambiental. “Imagínate la cantidad de amonio cuaternario que se está usando, ¿dónde va a parar la residualidad de ese amonio cuaternario y cuáles son los efectos nocivos en especies?”, pregunta.

Los protocolos de bioseguridad que se llevan en la zona donde hay Fusarium Raza 4 Tropical.
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Además, ante un fenómeno de El Niño que traerá lluvias, lodo y escorrentías, la desinfección será aún más necesaria. “Hay que buscar un equilibrio sin que nuestros productores se afecten”, dice, pero “tampoco podemos hacernos de la vista gorda”.
Su equipo evaluó alternativas, entre ellas el ácido hipocloroso, que resultó más barato y es útil para desinfectar superficies limpias, como las de los contenedores, aunque pierde eficacia ante la presencia de tierra. Por ello, Magdama considera que su uso podría ser más provechoso en el ámbito agroindustrial que directamente en el campo.
El Niño también pone el foco en una cooperación internacional que apremia. Magdama recuerda que hace un par de años los ministros de Agricultura se reunieron en Ecuador para tratar la contención de plagas como un problema regional, aunque no sabe si hubo seguimiento. Hoy, dice, el escenario cambió con aspectos por considerarse: inundaciones, lluvias más frecuentes, plantas estresadas, más movimiento de personas y más lodo en las maquinarias.
Además, El Niño no golpea igual a todos, y en Colombia, por ejemplo, vientos fuertes han tumbado plantaciones. Por eso Magdama propone volver a sentarse con los países vecinos: “valdría la pena sentarse y ver cómo se mitiga o se ayuda”.
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