Doménica Arboleda, la niña que nunca soltó el balón. ¿Cómo comenzó su historia?
Desde una cancha de Quinindé hasta el AC Milan, Arboleda convirtió su pasión por el fútbol en un sueño que hoy la tiene brillando con Ecuador en el Mundial

Doménica Arboleda celebra uno de sus goles con Ecuador en el Mundial Sub-20, una imagen que resume la alegría y el esfuerzo detrás de su camino en el fútbol.
Lo que debes saber
- Doménica Arboleda comenzó desde niña un camino que la llevó hasta el fútbol internacional.
- La futbolista de Quinindé brilla con Ecuador en el Mundial Sub-20 y marcó dos goles.
- Su familia conserva fotos, camisetas y medallas que cuentan la historia de su carrera.
En la casa de los Arboleda, en Quinindé, el fútbol no está solamente en las conversaciones, está en las paredes. En la sala hay una galería de fotografías que cuenta, casi como un álbum familiar, la vida de Doménica: sus primeros años, sus equipos, sus goles, sus viajes.
Al subir las escaleras hacia el segundo piso aparece otro collage de imágenes. Entre todas destaca la de una niña de cuatro años, pequeña todavía, con un balón entre las manos.
Hoy esa niña juega un Mundial con la selección sub-20 en Polonia y acaba de convertirse en una de las sensaciones del equipo. Marcó dos goles en su debut y volvió a poner su nombre en el radar del fútbol internacional.
Pero para Gustavo Arboleda y su esposa Mayra Ortiz, sus padres, la historia no comenzó en un estadio ni en Europa. Fue mucho antes, cuando Doménica apenas tenía cuatro o cinco años y seguía a su hermano a una cancha de fútbol.

Los padres de Doménica conservan en su casa las imágenes que cuentan su carrera. Entre fotos y recuerdos, repasan los momentos que la llevaron hasta el Mundial.
Él iba a entrenar en la escuela Cabecita FC, una filial vinculada a la formación de futbolistas en Quinindé. Ella quiso ir también. Era la única niña. En aquel equipo todos eran varones, pero Doménica no parecía interesada en esa diferencia. Entrenaba, corría, disputaba la pelota y volvía a casa con la misma ilusión con la que había llegado.
Su padre recuerda que el gusto no fue una imposición familiar. El hermano abrió la puerta, pero ella decidió seguir ese camino. Desde entonces, el balón comenzó a aparecer en cada rincón de su infancia. Cuando la familia iba a un centro comercial, sus padres ya sabían que probablemente tendrían que reservar parte del presupuesto para comprarle algo relacionado con el fútbol.

Los padres de Doménica, junto a su hermano y su pequeño cachorro, posan junto a las camisetas y medallas que la futbolista les ha obsequiado y que guardan como recuerdos de su carrera
Muñecas tuvo muy pocas. Balones, pupillos y canilleras, muchos más. “Siempre salía con su balón”, recuerda Gustavo. A los ocho o nueve años, la vida familiar volvió a cambiar. Sus padres se trasladaron a Naranjal por motivos laborales y, posteriormente, a Guayaquil. Doménica siguió jugando.
Allí conoció al profesor de Alianza Fútbol Club y comenzó a competir en torneos femeninos. El salto fue importante: ya no era aquella niña que entrenaba entre varones; ahora formaba parte de equipos de mujeres y empezaba a medirse con futbolistas de su edad.
Después llegó Barcelona. Con el club disputó la Copa Evolution de Conmebol, fue campeona y viajó a Paraguay para participar en la Copa Desarrollo sub-14. También allí apareció lo que ya se había convertido en una constante: el gol.

Doménica Arboleda muestra el premio que recibió como mejor jugadora del partido ante Ghana, en su debut mundialista, en el que marcó dos goles
Historia de sacrificio
Doménica siempre fue delantera. La número nueve. La futbolista que sus padres esperaban ver aparecer cuando el balón era lanzado al espacio. Con el tiempo también aprendió a jugar como extremo, pero el instinto goleador nunca desapareció.
El camino, sin embargo, tuvo un costo familiar que pocas veces aparece en las fotografías. En 2020, durante la pandemia, Gustavo perdió su trabajo. La familia terminó trasladándose a Tumaco, Colombia, donde él encontró una nueva oportunidad laboral.
Doménica continuó su formación en una escuela de fútbol femenino y volvió a destacarse. Desde allí llegó una llamada de Barcelona: querían que regresara. Tenía apenas 13 años y tuvo que volver sola a Guayaquil.

En una de las imágenes que conserva su familia, Doménica aparece de niña aferrada a un balón, una escena que anticipaba la historia de la futbolista que llegaría a ser
Primero vivió en la casa de un amigo de la familia. Después pasó por otra vivienda. Luego una compañera la recibió. Finalmente, consiguió alojamiento con una señora que alquilaba habitaciones a jóvenes en la sexta etapa de la Alborada. Su padre asumía desde la distancia los gastos de arriendo, alimentación y movilización.
Mantenerla en Guayaquil significaba entre 600 y 700 dólares mensuales para la familia. No era solamente pagar una cancha o un uniforme. Era sostener una vida lejos de casa para que una adolescente pudiera perseguir un sueño que todavía no ofrecía ninguna garantía.
La oportunidad de Independiente del Valle cambió parte de esa realidad. El club le ofreció vivienda, alimentación, atención médica, psicología, nutrición y un sueldo básico. Para sus padres significó alivio económico, pero también tranquilidad. Ya no tenían que imaginarla sola en una ciudad grande.

El padre de Doménica muestra la cancha del barrio Paraíso, en Quinindé, donde su hija comenzó a dar sus primeros pasos en el fútbol.
Con las Dragonas llegaron más títulos. Fue campeona de la Copa Desarrollo Sub-16, de la Superliga y de la Copa Chubb, torneo en el que incluso marcó un gol decisivo. También representó a Guayas en campeonatos nacionales y consiguió actuaciones que llamaron la atención de cazatalentos.
Después llegó la selección. Primero el Sudamericano Sub-17, luego el Mundial de esa categoría, el Sudamericano Sub-20 y ahora el Mundial en Polonia. Cada convocatoria significaba un regreso temporal a casa y, para sus padres, otra oportunidad de tenerla cerca.
El salto a Europa
Pero el mayor salto todavía estaba por llegar. Durante el Mundial Sub-17, agencias de Brasil, Argentina e Italia se interesaron por ella. Una agencia italiana comenzó las gestiones y el destino terminó siendo uno de los clubes más reconocidos del mundo: AC Milan.

Doménica Arboleda luce la camiseta del AC Milan, club italiano en el que continúa su formación y que representa una de las etapas más importantes de su carrera.
Doménica viajó a Italia para incorporarse al equipo Primavera Sub-19. Allí también fue campeona. Su rendimiento le abrió después la puerta del primer equipo.
El fútbol europeo le cambió la vida, pero también volvió a ponerla lejos de su familia. Ahora vive sola en Italia. Antes compartía departamento con una compañera del club; posteriormente recibió uno propio. La independencia que comenzó a experimentar cuando era una adolescente en Guayaquil se repitió, esta vez a miles de kilómetros de Quinindé.
Su madre sabe que el fútbol europeo exige mucho más. Cuando Doménica vuelve a casa, duerme. A veces hasta el mediodía. No la despiertan. La dejan descansar. “A mí me exigen bastante”, les cuenta ella. Después de semanas de entrenamiento y competencia, la casa familiar se convierte en refugio.
Su madre es también la más nerviosa frente al televisor. Camina de un lado a otro, reza y mira cada jugada con temor a una lesión y, sobre todo, a la presión externa. Sabe que ahora muchas personas esperan algo de su hija.

El padre de Doménica Arboleda muestra la galería de fotografías que la familia tiene al subir las escaleras de su casa, un recorrido visual por la carrera de la futbolista.
Antes del partido contra Ghana, en el debut del Mundial Sub-20, ocurrió algo distinto. Se sintió tranquila. Habló con Doménica y le recordó que confiara en su talento. Le dijo que, si estaba allí, era porque tenía un propósito. Después se sentó a mirar el partido. Su intuición de madre le decía que su hija iba a marcar tres goles. Fueron dos.
Cuando llegó el primero, en la casa hubo alegría. Cuando llegó el segundo, la emoción fue todavía mayor. Gustavo y su esposa ya conocen esa sensación: cuando le ponen un balón al vacío a Doménica, esperan que algo ocurra.
Un gol, un pase, una jugada. La familia aprendió a reconocer esos segundos antes de que el balón llegue a sus pies. En la casa también aprendieron a guardar cada fragmento de la historia. Las medallas permanecen como pequeños trozos de memoria.

Las medallas que Doménica Arboleda ha ganado a lo largo de su carrera reflejan los logros que ha cosechado desde sus primeros años en el fútbol.
Las camisetas de la selección recuerdan cada convocatoria. Y hay una camiseta del AC Milan que Doménica dejó cuando regresó de visita en diciembre. Su madre, además, guarda en el teléfono capturas de cada noticia, publicación o fotografía que encuentra sobre ella.
El padre conserva una fe intacta en su hija. La madre prefiere ir un día a la vez. No quiere adelantarse a los acontecimientos. “Si está en el camino de Doménica, así será”, dice. En medio de las fotografías de la sala y del collage que acompaña las escaleras, aquella imagen de una niña de cuatro años sigue teniendo un significado especial.
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Doménica aparece allí con un balón en la mano. Todavía no había Barcelona, ni Independiente del Valle, ni Italia, ni AC Milan. No existían los mundiales ni las cámaras que hoy siguen sus partidos desde miles de kilómetros. Solo estaba ella, pequeña, aferrada a una pelota. Y desde entonces nunca la soltó.