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Diario Expreso Ecuador

Salida con amigas ¡A mi edad, la paciencia cuesta más que un dulce!

Manual de supervivencia para salir a cenar con las amigas: ese instante de aventura en el que se comparten secretos, quejas y postres

La próxima, salida ya está organizada

La próxima, salida ya está organizadaGemini IA

María Verónica Vernaza Guerrero
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Lo que debes saber:

  • La salida con amigas es una mezcla de cocteles, menús difíciles de leer, música demasiado alta y platos gourmet de porciones diminutas
  • El postre y las sobras tienen un lugar especial, porque siempre queda espacio para compartir algo dulce y llevarse lo que quedó de la cena.
  • La cuenta es el verdadero momento de tensión, sobre todo cuando cada comensal consumió algo diferente.

Hagamos un alto en la agenda gastronómica, mis queridas, porque el estómago ya me pide auxilio. Necesito desahogarme sobre lo que implica hoy en día una simple salida a cenar con las chicas. En mis épocas mozas era un impulso espontáneo; hoy es un despliegue logístico digno de cumbre internacional.

Hay que coordinar agenda, horario, lugar con parqueadero seguro y, sobre todo, el nivel de paciencia de las involucradas. Tras tres semanas de debate intenso y doscientos mensajes en el grupo de WhatsApp, ¡por fin se produce el milagro de la noche prometida!

El ritual arranca con el pedido de agua mineral, de la pura y de marca fina, acompañada de su respectivo shot de zumo de limón fresco para limpiar el estómago. Hay que preparar el terreno digestivo con dignidad antes de meterle grasa al cuerpo.

Para calentar los ánimos y ponerse al día con las novedades, pedimos unos cócteles con nombres rimbombantes que llegan entre columnas de humo e instructivos de física moderna, con ramitas de romero en llamas. "Sonrían". Foto instantánea para las redes. El mundo debe enterarse de nuestro aguante etílico, aunque ya dejamos atrás las mezclas baratas de los veinte años, cuando una sola botella abastecía a todo el grupo.

A ver, señores propietarios de ilustres restaurantes, escuchen a esta servidora: tengan la gentileza de entregarnos las cartas de menú con letra legible. Me resulta humillante sacar las gafas de aumento cual Sherlock Holmes tras las pistas en la escena del crimen.

Y ya que estamos en exigencias, suban la iluminación y bajen el volumen del ambiente. Los locales nocturnos para bailar quedaron en el pasado (a mi pasado, me refiero). Hoy prefiero entender lo que dicen las propias amigas y enterarme del chisme de la mesa contigua antes que intentar un perreo intenso.

Por suerte, en el grupo siempre resalta la más audaz que le exige al personal de servicio bajar el volumen. Lo pide diez veces seguidas, aunque la casa prefiera complacer al dueño antes que a una bandada de señoras con la salida planificada.

Alta cocina, baja cantidad

Comer gourmet hoy significa recibir raciones para hormigas. Toda una obra de arte que más bien parece una muestra gratis. Yo me lleno con un suspiro, pero sufro por el resto. En cualquier momento una de las más arriesgadas saca de su cartera el sánduche de atún preparado en casa por prevención. "A mí me sirven abundante", alcanzo a escuchar mientras dejan sobre la mesa platos con porciones adecuadas solo para una figura inanimada.

Llega el plato fuerte -cuyo nombre parece tesis universitaria- tras un desfile de advertencias al equipo de cocina: la salsa al lado, el arroz cosechado bajo la luna nueva, no le vaya a poner hierbita y la carne bien cocida, sin mugidos ni rastros de sangre al clavar el tenedor. Y más les vale atendernos con una sonrisa, porque la propina depende de su amabilidad.

La cena es el trámite. El postre es el objetivo. Para el dulce siempre existe un compartimento secreto en el estómago, una ley física indescifrable para la ciencia. Como el secreto está en compartir, el personal ya sabe que debe traer tantas cucharitas como comensales en la mesa. 

Pedimos variedad absoluta: la fanática del volcán de chocolate, la amante de combinaciones raras con manzana y milhojas de granadilla, y la precavida que elige torta de limón sin crema para evitar la acidez nocturna.

La velada culmina con la acostumbrada solicitud del empaque para llevar, que al día siguiente se convierte en el famoso calentado matutino con un par de huevos fritos y café hirviendo. La vergüenza de salir con el ‘doggy bag’ desapareció hace décadas.

El verdadero drama estalla con el pago. Diez personas en la mesa: tres pidieron langosta, dos tomaron agua, la del "ayuno intermitente" devoró la mitad de mis papas fritas y nunca falta el clásico: "Dividamos en partes iguales". Ahí salen las contadoras públicas a separar a quienes se bebieron tres botellas de vino de las que solo tomaron un té bajativo.

Pero al final todas se despiden felices. Porque una cosa es pelear por la cuenta y otra, muy distinta, quedarse sin chisme.

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