Conversando con CArmen Ojeda
Familia y emociones: así aprende una persona a relacionarse en su círculo cercano
Las relaciones familiares influyen en la identidad y el bienestar. Reconocer invalidaciones y conflictos permite abrir rutas hacia la reparación emocional

Ciertas dinámicas marcan desde la niñez
Lo que debes saber:
- La familia influye en la forma en que una persona aprende a relacionarse con sus emociones y consigo misma.
- Los conflictos, descalificaciones e invalidaciones pueden dejar patrones que se mantienen en la vida adulta.
- La reparación emocional es posible y ocurre a través de nuevas experiencias y vínculos.
Desde el momento mismo en que nacemos, empezamos a aprender qué lugar ocupan nuestras emociones y necesidades en las relaciones. La manera en que los adultos responden cuando un niño llora, se equivoca, busca consuelo o expresa desacuerdo participa en la construcción de su identidad. Con el tiempo pueden aparecer convicciones como “soy digno de cariño” o, ante experiencias dolorosas repetidas, “nunca soy suficiente”.
La psicoterapeuta Carmen Ojeda, especialista en terapia sistémica de familia y pareja y en psicoterapia conductual contextual, explica que durante 35 años de trabajo ha observado familias marcadas por triangulaciones, descalificaciones y desconfirmaciones. Estas dinámicas, asegura, pueden afectar la nutrición relacional, entendida como la experiencia de sentirse reconocido, valorado, querido y protegido.
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Cada historia es diferente
La sensibilidad individual, las condiciones de vida y otros vínculos también influyen en el resultado. Es por eso que para comprender el sufrimiento emocional no basta con señalar o analizar una sola causa. Es imprescindible, además, observar cómo se construyeron ciertas respuestas y qué función cumplen en el presente.
Una persona puede callar para evitar una discusión, asumir demasiadas responsabilidades para no decepcionar o evita pedir apoyo porque cree que todo debe resolverlo solo. Esa conducta, que pudo protegerla en algún momento, en su realidad actual pude limitar sus posibilidades. Y eso tiene un costo.
Estas dinámicas pueden contribuir al desarrollo y mantenimiento del sufrimiento. Su papel debe valorarse en cada historia, junto con las vulnerabilidades individuales y los recursos disponibles.
Niños en medio del conflicto
Uno de los escenarios que requiere atención aparece cuando los hijos quedan atrapados en los conflictos de los adultos. En ese caso, hay que tener claro que la relación de pareja y la función parental no son lo mismo.
De hecho, una separación puede coexistir con una parentalidad protectora, mientras una pareja estable puede tener dificultades para atender emocionalmente a sus hijos. El problema surge cuando el niño debe tomar partido, transmitir mensajes o cuidar el estado de ánimo de sus padres.
Frases como “Después de todo lo que hago por ti, prefieres estar con tu padre” pueden generar una sensación de lealtad dividida. El niño puede ocultar lo que disfruta o vigilar las reacciones de los adultos para evitar problemas.
También puede hablarse mucho de él sin preguntarle qué siente. En esos casos, su presencia en el conflicto puede desplazar su experiencia personal.
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“Eres incapaz”
La descalificación es otra dinámica que puede afectar la valoración personal. Mensajes como “eres incapaz” o “siempre arruinas todo” convierten un error en un juicio sobre la persona.
Incluso en familias en las que existen cuidado material, educación y normas, puede faltar la experiencia de sentirse apreciado sin tener que cumplir constantemente una expectativa.
Cuando cada logro trae una nueva exigencia, el desempeño puede convertirse en una condición para sentirse valioso.
Reaccionar ante las emociones
Algo similar puede ocurrir con las emociones. Marsha Linehan y la terapia dialéctica conductual explican la interacción entre vulnerabilidad emocional y ambientes invalidantes.
Algunas personas sienten con especial intensidad y necesitan más tiempo para recuperar la calma. Si reciben de manera reiterada respuestas como “no es para tanto” o “no tienes motivos para llorar”, pueden aprender a desconfiar de lo que sienten o, peor aún, a ocultarlo.
Para que un niño aprenda a identificar sus emociones y a responder a ellas de una manera sana, es necesario el acompañamiento de un adulto.
Si su tristeza es rechazada, aprenderá a ocultarla, y si solo logra atención cuando sus manifestaciones son extremas, buscará siempre ese camino. De allí que la pregunta terapéutica incluya las habilidades que necesita desarrollar, pero también las respuestas del entorno que pueden favorecer su aprendizaje. Al final de cuentas, el contexto cuenta mucho.
La identidad se aprende en los vínculos
La reparación emocional ocurre cuando aparecen experiencias nuevas. Aprender a decir “necesito ayuda”, expresar un desacuerdo, poner un límite o aceptar una emoción sin esconderla son pasos concretos. También puede ser necesario modificar las respuestas del entorno.
Validar no significa aceptar cualquier conducta. Significa reconocer la experiencia y acompañar a la persona para encontrar una respuesta más útil. Podemos comprender el enojo y, al mismo tiempo, poner un límite a la agresión.
El cambio puede ser gradual. No se trata de dejar de sentir miedo, tristeza o enojo, sino de ampliar la capacidad para reconocer esas emociones y actuar de acuerdo con lo que se considera importante. Así, el pasado puede ser comprendido sin convertirse en una sentencia sobre el presente.
Cómo reparar los vínculos
- Escuchar las emociones: Esto significa reconocer lo que una persona siente sin ridiculizarlo ni minimizarlo.
- Separar conflictos: Los problemas de pareja no deben convertir a los hijos en aliados, mensajeros o jueces.
- Cuidar la valoración: Corregir una conducta no significa descalificar a quien la cometió.
- Poner límites con respeto: Validar una emoción permite orientar la conducta sin humillar.
- Crear nuevas experiencias: Pedir ayuda, expresar necesidades, reparar y conversar sobre los desacuerdos abre otras formas de relación.