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Psicología 

Prevenir el acoso escolar en Ecuador: lo que recomiendan los especialistas

Especialistas advierten que detectar cambios en el comportamiento puede ser clave para identificar a tiempo situaciones de acoso escolar

Detectar a tiempo los cambios emocionales, físicos y conductuales en niños y adolescentes puede marcar la diferencia, ya que muchas víctimas de acoso escolar no expresan lo que viven

Detectar a tiempo los cambios emocionales, físicos y conductuales en niños y adolescentes puede marcar la diferencia, ya que muchas víctimas de acoso escolar no expresan lo que vivenCanva

Gabriel Cornejo
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Lo que debes saber

  • El bullying se diferencia de un conflicto normal porque es repetitivo, intencional y ocurre en una relación desigual de poder.
  • Señales como aislamiento, cambios emocionales, bajo rendimiento o rechazo a ir a clases pueden alertar sobre un posible caso.
  • En Ecuador, el DECE activa protocolos con enfoque de justicia restaurativa para proteger a la víctima y corregir la conducta del agresor.

El acoso escolar no es un problema nuevo, pero sigue siendo una realidad latente en muchas instituciones educativas. Aunque en la actualidad existe mayor conciencia sobre sus efectos, testimonios como el de María José Gavilánez, de 32 años, evidencian que esta problemática ha estado presente por años. 

Ella recuerda cómo, durante su etapa escolar, era común escuchar comentarios ofensivos hacia compañeras por su color de piel. “Defendí en lo que más pude a mis compañeras”, relata, al tiempo que reconoce que, hace una década, estas situaciones eran normalizadas dentro del entorno educativo .

Señales de alerta en niños y adolescentes

Para comprender mejor este fenómeno, el psicólogo y educador Luiggi Sáenz de Viteri explica que las señales de alerta pueden manifestarse en distintos niveles. “Desde lo físico, pueden aparecer moretones o rasguños sin explicación lógica. En lo emocional, irritabilidad o retraimiento; y en lo conductual, rechazo a asistir al colegio o cambios en el rendimiento académico”, detalla. Estas señales, muchas veces invisibles para los adultos, son indicadores clave de que un niño o adolescente podría estar atravesando una situación de acoso .

En la misma línea, la psicóloga clínica Andrea Moreno subraya que el cambio en el comportamiento es uno de los signos más importantes. “Cuando un niño deja de ser quien era, algo está pasando”, advierte. Según la especialista, el bullying se diferencia de un conflicto normal porque es repetido, intencional y ocurre en una relación desigual de poder, donde una de las partes queda en situación de vulnerabilidad. No es ‘cosa de niños’, es una dinámica que afecta profundamente la integridad emocional”, enfatiza .

Sáenz de Viteri coincide en esta diferenciación y añade que los conflictos ocasionales forman parte del desarrollo, pero el acoso implica una intención sostenida de causar daño. “Cuando es repetitivo, consciente y busca afectar física o emocionalmente, ya estamos hablando de acoso escolar”, señala. Esta distinción es fundamental para que padres y docentes sepan cuándo intervenir y no minimizar situaciones que pueden escalar con el tiempo .

El rol de los padres frente el acoso escolar

Frente a esta problemática, los expertos coinciden en que la prevención empieza en casa y se refuerza en la escuela. “No hay que naturalizar la violencia”, advierte Sáenz de Viteri. El especialista insiste en la importancia de establecer límites claros desde el hogar, ya que muchos comportamientos agresivos pueden originarse en entornos donde no existen normas definidas. “Si en casa no hay límites, el niño puede trasladar esa conducta al colegio”, explica .

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Por su parte, Moreno plantea que es clave fomentar la comunicación abierta y validar las emociones de los niños sin juzgarlos. “En el aula, se deben construir normas de convivencia con los propios estudiantes y trabajar la empatía de forma intencional”, señala. Además, advierte que el silencio también contribuye al problema: “Todos tienen un rol en frenar, nombrar y reparar el daño” .

La detección y la intervención inmediata

Cuando el acoso ya ha sido detectado, la intervención debe ser inmediata y cuidadosa. Moreno recomienda que, en los primeros días, se priorice la protección de la víctima, evitando su exposición, mientras se investiga el caso con criterio. “Hay que intervenir sin confrontaciones públicas ni castigos que humillen, y trabajar con el agresor desde la responsabilidad”, explica. El proceso, recalca, no termina con una sanción, sino que requiere seguimiento y acompañamiento continuo .

En Ecuador, existen rutas y protocolos claros para abordar estos casos dentro de las instituciones educativas. Sáenz de Viteri señala que los departamentos de consejería estudiantil (DECE) cumplen un rol clave en la atención, evitando la revictimización y promoviendo un enfoque de justicia restaurativa. “Se busca resolver los conflictos y hacer un seguimiento con las familias, sin exponer a las partes involucradas”, indica .

A este análisis se suma la mirada de la psicóloga Mariana Estacio, quien profundiza en el comportamiento de las víctimas. “El niño o adolescente que sufre bullying suele ubicarse en una posición pasiva frente a su agresor”, explica. Esta pasividad —dice— se convierte en una de las principales características emocionales, ya que la víctima permite la agresión sin encontrar herramientas para detenerla.

Estacio también advierte que no existe un perfil único de víctima, aunque frecuentemente el acoso inicia por burlas relacionadas con características físicas que se perciben como “diferentes”. En cuanto a la conducta, detalla que el aislamiento es uno de los signos más claros: estudiantes que evitan el recreo, prefieren quedarse en el aula o buscan la compañía de adultos. “En casa, pueden aparecer irritabilidad, rechazo a asistir a la escuela, ansiedad o incluso terrores nocturnos”, agrega.

Finalmente, Estacio recalca que la intervención debe ser inmediata y estructurada. “Las instituciones cuentan con rutas de actuación que deben activarse apenas se detecta un caso”, explica, destacando que estas incluyen acompañamiento a la víctima y medidas educativas para el agresor. “No hay que olvidar que quien agrede también es un niño o adolescente que necesita atención”, concluye.

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