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Ventanilleando
Luego de las críticas reconozco que la próxima vigencia de la ley para evitar trámites puede traer algo bueno.
Todo depende de que nos apropiemos de su contenido. La ley nos da herramientas para ser más activistas contra la arbitrariedad y el abuso de autoridad. Me imagino cándidamente a miles y miles de ciudadanos -¿‘millennials’?- en las ventanillas de la burocracia exigiendo ser tratados con respeto y diligencia, con ley en mano.
¿Cómo sería que se aplique realmente la condición según la cual dos trámites tienen que ser eliminados por cada nuevo trámite que se pretenda crear? A estar pilas porque el funcionario es experto para aplicar el tontómetro y todos conocemos la vieja expresión: hecha la ley, hecha la trampa.
Logremos que se aplique a rajatabla el plazo perentorio para que todas las autoridades justifiquen cada uno de sus trámites. Será un deleite conocer para qué fin específico nos han pedido tanta copia de papeleta de votación. Desde el punto de vista de transparencia, si se aplica la ley podremos exigir que todo proyecto normativo se publique un mes antes de su trámite de aprobación.
Hay temas malos de los que cito solo dos que por su absurdo deben ser corregidos en el veto.
¿A cuenta de qué la Asamblea (que tiene una oficina para evitar estas barbaridades) usa el término “administrado” para referirse al ciudadano? ¿Administrado de quién? ¿Por quién? En una ley que recorta las uñas del Estado, el uso de terminología que proyecta el sometimiento del mandante a su mandatario es una perversión.
Y la otra: ¿por qué seguir obligando a la gente a mantener archivos para el SRI y otros entes públicos en condiciones más complejas y onerosas que las que se impone el mismo Estado? Con esta Ley las instituciones públicas se están librando de mantener archivos físicos para sus procesos de control. Si la ley busca corregir algo que nunca debió pasar, esto es que el Estado se le encarame al ciudadano de a pie y lo someta con inservible formalidad, ese principio debería ser extendido a todo el mundo.