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A traves del espejo venezolano

Cuando sabemos que a algún amigo le ha sucedido una catástrofe, sentimos empatía y un poco de vértigo al mismo tiempo. Nos preguntamos si nos podría pasar lo mismo: ¿la catástrofe es producto de alguna característica peculiar del amigo que por fortuna no compartimos? O ¿somos igualmente vulnerables? De serlo, ¿podemos evitar una suerte similar? La misma lógica se aplica a los países. El fin de semana del 16 y 17 de julio, a los venezolanos se les brindó la oportunidad de cruzar la frontera con Colombia por hasta 12 horas. Fue un evento que hizo recordar la caída del Muro de Berlín. Más de 135.000 personas aprovecharon ese respiro para ir a Colombia a comprar productos de primera necesidad. Viajaron cientos de kilómetros y convirtieron su dinero por apenas el 1 % de las divisas que habrían recibido si se les hubiera permitido cambiar a la tasa oficial que se aplica a los alimentos y medicinas. Pero de todos modos encontraron que valía la pena, en vista del hambre, la escasez y la desesperación que reinan en su nación. Todo esto está pasando en el país que tiene las reservas de petróleo más grandes del mundo, apenas dos años después de terminado el auge del precio del crudo más prolongado de la historia. ¿Por qué? ¿Podría suceder en otro lugar? La crisis es la consecuencia inevitable de las políticas gubernamentales. En el caso venezolano, estas políticas han incluido expropiaciones, controles de precios y de tipo de cambio, exceso de endeudamiento en épocas de vacas gordas, reglamentación antiempresarial, cierres de fronteras, y más. Por lo tanto, la pregunta relevante es: ¿por qué un gobierno habría de adoptar políticas perjudiciales y por qué una sociedad habría de aceptarlas? El caos en el que ha caído Venezuela es producto de creencias. El que una política parezca disparatada o sensata depende del paradigma conceptual o sistema de creencias que usamos para interpretar la naturaleza del mundo que habitamos. La política se trata de la representación y evolución de sistemas alternativos de creencias. Cuando la ciudadanía cree que las empresas son corruptas, quiere una mayor reglamentación; y, con suficiente reglamentación, las únicas empresas que tienen éxito son las corruptas. De modo que quizás sea posible que las creencias se autoperpetúen. En esa línea, según Donald Trump y sus numerosos partidarios, los líderes de su país son unos alfeñiques explotados por astutos poderes extranjeros que se hacen pasar por aliados. El libre comercio es un invento de los mexicanos para arrebatar puestos de trabajo a Estados Unidos. El calentamiento global es un embuste de los chinos para destruir la industria estadounidense. De esto se desprende que EE. UU. debería dejar de desempeñar un papel de liderazgo en la creación de un orden global funcional basado en reglas y valores universales, y emplear su poder para obligar a otros a someterse. Bajo el paradigma actual, esto implicaría la destrucción unilateral de la fuente más importante del poder “inteligente” de EE. UU., pero de acuerdo a la visión del mundo de Trump, ello significaría un paso adelante.
El peligro que Venezuela pone de manifiesto es el daño que un sistema disfuncional de creencias puede ocasionar al bienestar de una nación. En lo que se refiere a cambios a gran escala en los paradigmas de creencias, Venezuela muestra lo prohibitivo que pueden llegar a ser esos experimentos.
Project Syndicate