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Los refugiados escogieron a 16 barrios para residir

En horas de la tarde, algunas de las calles de la urbanización La Fragata, en el sector sur de la ciudad, se inundan con el olor propio de las arepas cociéndose.

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En horas de la tarde, algunas de las calles de la urbanización La Fragata, en el sector sur de la ciudad, se inundan con el olor propio de las arepas cociéndose.

Se ofertan en ciertos tramos. Para esto, se han abierto locales o simplemente se colocan mesas y vitrinas al pie de las puertas de las casas.

Como dicen los vecinos del sector, “hay un cierto aire paisa” en el vecindario. Algo que se confirma con el estudio del 2014 publicado por la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). De 16 barrios identificados con mayor presencia de refugiados, La Fragata, junto con Los Esteros, aparece en tercer lugar. Justo ahí Joaquín Villarraga López intenta precisamente organizar un campeonato con sus paisanos colombianos con apoyo del consulado de su país.

“En este sector somos muchos”, dice Villarraga, un caleño de 74 años que hace 22 reside en el país y es parte de esos 60.329 refugiados reconocidos que residen en el territorio nacional, según cifras entregadas por la Cancillería ecuatoriana.

De estos, el 95,14 % son colombianos. El resto proviene de países como Perú, Nigeria, Afganistán, Rusia y Cuba.

Villarraga es un emprendedor. En la estrecha sala de la casa donde reside ha montado una pequeña factoría especializada en hacer arepas. De vez en cuando, también prepara lechonas -cerdo asado- o carne que se cuece en uno de sus últimos inventos, un tanque metálico en el que se coloca leña, copiado de la tradición peruana.

“Aquí todos trabajamos. Iniciamos a las seis y terminamos pasadas las once de la noche”, dice Joaquín, quien dejó su país luego de haberse enfrentado a la desaparición de su hijo mayor. “Solo Dios sabe dónde están sus huesos”. En Guayaquil vive con su esposa y dos hijos.

Más al sur, en el Guasmo, alrededor de la maternidad, vive Rocío Ramírez Carabalí, quien se cansó de la violencia que vivía en un barrio rural de Cali. Hace ocho años está en Guayaquil. “Es cierto que acá hay muchachos que se drogan, pero nada es igual a lo de Colombia”, dice esta mujer, quien hasta hace dos meses vendía comida en una esquina aledaña al Camal Municipal.

Lo dejó por enfermedad, pero en ese lugar, uno de sus hijos, un colegial de 14 años, se colocó como aprendiz de boxeador en una escuela que funciona a cielo abierto, en una de las veredas cercanas. Hoy tiene tres medallas y fue aceptado por la Fedeguayas.

En La Florida, en el otro extremo de la ciudad, hay un bar al que llegan los colombianos de una de las zonas más pobladas por colombianos. “Es el bar de un paisano”, dice el colombiano Uriel Gutiérrez Castaño, quien hace 15 años está en Guayaquil.

También tiene de por medio una historia de violencia y como muchos de sus compatriotas, cada día se busca la forma de sobrevivir. Prepara arepas y bizcochos que sale a venderlos por los mercados de los alrededores.

“Acá también hay muchos colombianos, pero también peruanos. La Florida es casi como unas Naciones Unidas”, dice de manera irónica.

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