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Penosas coincidencias

Nunca como ahora, los medios de comunicación, despectivamente calificados por este gobierno como prensa corrupta, se han esforzado con tanta vocación democrática en transmitir las ideas y programas básicos de gobierno de los candidatos a la Presidencia. La cobertura periodística hoy se extiende a centenares de candidatos a la Asamblea Nacional, que han irrumpido mostrando rostros desconocidos, ocupando nuevos espacios y lanzando proclamas que dan cuenta de las virtudes y ejecutorias con las que salvarán al país del desastre correísta. La escenografía montada por todos estos personajes está cambiando la faz de nuestras ciudades, con claros visos de acabar saturándonos, sumándose a la proverbial e intoxicante propaganda gubernamental. Actúan en pos de una irrealidad, superando cada uno las ofertas del vecino y en pos de una credibilidad inalcanzable para la mayoría de ellos.
No obstante, lo más remarcable e irónico es que, al escucharlos, las soluciones que ofrecen se asemejan entre sí: todos señalan al desempleo como el problema social nuclear, todos ofrecen eliminar o disminuir los mismos impuestos y el más conservador prevé integrar un Consejo Consultivo Tributario que los revise para luego diluirse. Todos prometen refinanciar la voluminosa deuda pública acudiendo a las mismas entidades financieras internacionales. Todos afirmando que racionalizarán la obesidad estatal. Todos prometiendo fiscalizar y castigar las fechorías de esta y de anteriores administraciones, a través de una justicia presuntamente independiente. La coincidencia de sus planes es tan grande que uno termina preguntándose ¿por qué entonces son tantos los candidatos opositores dándose codazos entre sí? Hablan el mismo idioma, diagnostican por igual nuestros males, conciben las mismas metas, pero no se entienden el uno con el otro, están disconformes con su proximidad y alimentan así el fantasma del “chimbador”. Si los resultados electorales conceden la victoria en primera vuelta al candidato oficialista, será vano conocer quién o cuántos de esos candidatos opositores debieran ser estigmatizados como chimbadores, precisamente en un momento histórico que exige de la oposición una victoria aplastante que redima a la democracia y acabe con las especulaciones sobre un supuesto fraude electoral por parte del socialismo del siglo XXI; fraude en el que las redes sociales ahora involucran hasta a la Fuerza Pública, con credenciales que permitirían a sus miembros votar donde se les antoje y cuantas veces crean necesario.
Las proyecciones, según entendemos, apuntan al triunfo del oficialismo y si esto se confirma con escrutinios limpios y legítimos, estaremos obligados a confiar, esperanzados, en la autenticidad y realismo de la imagen conciliadora, pragmática e independiente que su candidato ha podido edificar de sí mismo, por extraño que parezca anhelar librarnos de los vicios de una administración corrupta a través de la gestión de quien, sin haber sido parte de esa corrupción, fue parte de la administración que se dio mañas para incrementarla.
Estamos, pues, en manos de un destino labrado por una oposición sectaria y ambiciosa, especulativa, calculadora y jugando a los dados con nuestra historia inmediata, o apostando necesariamente a la buena fe, sentido patrio y pragmatismo con que candidato oficial pueda cumplir las ofertas conceptuadas por él mismo como realizables. La patria se lo agradecería.
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