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Las opciones de Moreno

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La hipocresía juega un rol importante en la historia de los pueblos. V. I. Lenin (el soviético) engañó hábilmente al zarismo ruso negando su participación al mando de la Revolución bolchevique; Bolívar, en carta a Nariño, exclamaba insincero: “No sé, no puedo, no quiero gobernar”; Fidel Castro, tras engullirse una hostia y comulgar, proclamaba : “Ni yo ni el movimiento somos comunistas”. Los ejemplos citados bastan para relievar que la historia se nutre regularmente de ardides y que incluso las expresiones de buena fe coinciden con las del impostor. ¿Cuánto tiempo llevamos escuchando a vehementes políticos ofrendando sus vidas por el pueblo, convirtiéndolo así en un concepto abstracto que no se sabe dónde comienza ni dónde concluye? Hoy, la democracia, el gobierno del pueblo y para el pueblo, se ha instalado en el Ecuador como un simple enunciado que alimenta la retórica panfletaria y sabatina. Una retórica que cautiva a quienes por su ignorancia se entregan sumisos al demagogo encaramado al poder.

Lenín Moreno se enfrenta al dilema de seguir con el modelo castro-chavista-correísta, aseverando ser un demócrata convencido y pacificador, dueño de un estilo propio marcado por su personalidad conciliadora. Decididamente, el cambio de estilo no es suficiente para eliminar vicios de fondo de un modelo caduco. Cuatro años más del fracasado modelo degradarían la imagen de pragmatismo y de saneamiento mental que Moreno está brindando a la sociedad y que concita esperanzas. Pienso -como muchos ciudadanos- que sus alentadoras palabras entrañan un serio compromiso ante la nación. Pudo haberse contentado diciendo, bajo el supuesto de su legítimo triunfo electoral, que el pueblo había votado por el continuismo y que emular a Correa era el mandato recibido... pero no lo ha hecho.

Toda muestra de probidad verbal es una forma noble de honestidad que requiere, sin embargo, ser corroborada por su autor. El “doublethink” (doblepensar) relatado por Orwell como práctica usual de la izquierda en el poder, le sería nefasto a Moreno. Estamos hartos de apariencias, y las realidades que sobrevengan de su real gestión determinarán si nos hundimos o sobrevivimos. Para lograr esto último, las ideologías están de más. Más aún, son dañinas. No dilapidar nuestros menguados recursos, no atentar contra las libertades de expresión y de información, no irrespetar a una administración de justicia que urge reestructurarse para garantizar su independencia e idoneidad. No son temas ideológicos sino éticos y de sensatez pragmática que, por sí solos, constituyen una noble causa a abrazarse. El socialismo de cualquier siglo no ha pasado de ser una reacción totalitaria y autocrática contra las ideas liberales y desarrollistas. Ha demostrado llevar dentro de sí los genes del fracaso: alentar una irreconciliable lucha de clases; pretender entregar a un proletariado impreparado el manejo de un país; descalificar y perseguir a todos cuantos contradigan sus principios; creer que ese Estado obligadamente indolente es el único capacitado para desarrollar un país, creando contrariamente el clima apropiado para incentivar la corrupción; adoctrinar a la niñez y juventud escolares con ideas germinadoras del odio entre compatriotas. La experiencia del gobierno correísta que su líder quisiera mantener para garantizar la permanencia en el poder de la sinrazón revolucionaria.

A Moreno le tocará actuar entre temores y esperanzas de una ciudadanía expectante. Decidirá entre ser o no ser un buen mandatario, entre alimentar o extirpar los genes del fracaso socialistoide.

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