Myanmar: Otro problema de violacion de DD. HH.

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Myanmar: Otro problema de violacion de DD. HH.

Los más graves problemas mundiales se están trasladando al sudeste asiático. La situación que se vive en Myanmar es de tal magnitud que la visita que hizo el papa Francisco no dio tan buenos resultados, aunque algo se consiguió.

Los aficionados al turismo recordarán a Birmania por la belleza de sus templos, sus playas y tesoros arqueológicos. Hoy convertida en Myanmar, producto del sistema comunista que implantaron, es uno de los focos de violaciones humanas que preocupan no solo a Naciones Unidas, sino a sus países vecinos.

Su situación. Birmania o Myanmar, oficialmente República de la Unión de Myanmar, es un país de Asia ubicado en el extremo noroeste de la subregión Sudeste Asiático. Posee una extensión de 676.578 km² y una población estimada de más de 51 millones de habitantes al 2016. Su capital es Naipyidó y su ciudad más poblada Rangún, antigua capital del país hasta 2005.

Su independencia. Tras su independencia de Reino Unido en 1948, el país fue gobernado por una dictadura militar desde 1962 hasta 2011, periodo en el que solo se celebraron elecciones en dos ocasiones. En 1990, la junta militar perdió los comicios de manera abrumadora ante la Liga Nacional para la Democracia. El gobierno ignoró los resultados. Como parte de un régimen de represión arrestó a líderes opositores. Después de diecisiete años, en 2007 la junta militar se vio afectada por masivas protestas dirigidas por monjes budistas, que fueron brutalmente reprimidas. Para las elecciones de 2010, la Liga Nacional para la Democracia fue ilegalizada y no pudo participar al no expulsar de sus filas a los presos políticos, como lo pedía la junta militar. Desde marzo de 2016 el gobierno es liderado por el presidente Htin Kyaw y por la nobel de la paz, Aung San Siu Kyu. El país es rico en jade y gemas, petróleo, gas natural y otros recursos minerales. Pero una gran proporción de la economía está controlada por partidarios del anterior gobierno militar.

La crisis que vive actualmente y que tiene un trasfondo político, económico y religioso es por el grupo de los rohingya que practican la religión musulmana, en un país encajonado entre China e India, donde el budismo es prácticamente una religión de Estado defendida por el Ejército. Lo que ha causado graves problemas humanos, al ser expulsados del territorio donde han vivido y practicado su religión por cientos de años.

La presencia del Papa. La visita del Papa la atribuimos al deseo de dialogar con el presidente y la nobel de la paz, con quien se vio en privado durante cerca de una hora. Les subrayó que el país sigue sufriendo a causa de los conflictos civiles y de las hostilidades que durante demasiado tiempo han creado profundas divisiones.

El viaje del Papa llega seis meses después de que el Vaticano entablase oficialmente relaciones diplomáticas con Myanmar. Fue durante la visita de Aung San Suu Kyi a la Santa Sede. En su rol ecuménico, Francisco recordó que las “diferencias religiosas no deben ser una fuente de división y desconfianza, sino más bien un impulso para la unidad”. Tres meses después de que cientos de miles de rohingya de Myanmar comenzaran una huida colectiva hacia el vecino Bangladés, ambos países han acordado la pronta repatriación de la minoría musulmana. Pero el acuerdo no convence. Ni por su inicial vaguedad y falta de garantías, ni por la ausencia de un cambio de actitud de Myanmar hacia los rohingya. La repatriación será voluntaria y comenzará en menos de dos meses. Los planes de repatriación no son bien recibidos por los refugiados. “Los rohingya queremos volver a nuestro país, pero solo si se trata de una solución duradera. Si no tenemos ningún derecho en Myanmar, ¿para qué vamos a volver?”, aseguran en un mensaje.

Un acuerdo que no convence. Después de la visita del Papa a Myanmar continuó a Bangladés, de mayoría musulmana. En esa visita, logró bastante. Por lo menos, hubo un acuerdo entre los dos países que indica que los refugiados pasarán un “periodo de tiempo limitado” en refugios temporales antes de ser destinados a sus “antiguas residencias o zonas cercanas a su elección”.

Persisten las sospechas de que acaben confinados en campos de internamiento de forma indefinida, que ni Bangladés ni Myanmar se muestran dispuestos a esperar. Teniendo a una ganadora del Nobel de la Paz en el gobierno, no se ha preocupado de continuar con la obra, que le valió semejante distinción.