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Madres especiales, hijos increibles

Janeth Antón de Hanze es una mamá dedicada a la crianza de sus dos hijos, Luciano y Roxana Hanze, desde que los adoptó en Rumania. “Roberto (su esposo) y yo teníamos 17 años de matrimonio. Yo salí embarazada dos veces, pero los perdí”, comenta Janeth y confiesa que el trámite de adopción fue muy largo, por tantos papeles, los distintos idiomas y comunicación vía fax.
Sin embargo, nunca perdieron la esperanza. Después de 20 meses de gestión, fueron aceptados como padres adoptivos y conocieron a Luciano, de dos años, y a Roxana, de uno (hermanos biológicos por parte de madre). Los trajeron a Guayaquil en agosto de 1995. Janeth tenía 35 años. “Cuando llegamos acá, mi familia, que es muy grande, y la de Roberto estaban en el aeropuerto con globos. Fue un recibimiento más allá de lo normal”, cuenta Antón y explica que los chicos se adaptaron muy rápido al país, a la familia y al español. “Ahora ya no se acuerdan, pero ellos dicen que quieren ir a conocer (Rumania). Algún día iremos, creo que sería interesante”.
Ahora Luciano, de 23 años, es abogado graduado en Navarra y trabaja con su padre en un estudio jurídico. Roxana, o ‘Rochi’ como la conocen sus amistades, tiene 22, es chef y se casará en julio de este año.
“Los niños te cambian la vida, te dan felicidad. Yo decía: ‘Es que ya soy feliz con mi marido’, pero cuando ellos llegan te das cuenta de que sí faltaba esa parte: los hijos. No importa a qué edad los tengas”, dice Janeth y demuestra que madre y padre son definitivamente los que crían. “Hay un dicho que sentencia: No eres sangre de mi sangre, ni carne de mi carne, pero milagrosamente eres mi hijo”, concluye Janeth Antón, una madre que quizás no escuchó ni un latido en su vientre, pero a la que le late el corazón con más fuerza que a nadie por sus hijos.
La bendición familiar
Dulce, elegante y muy orgullosa de su familia, así es Cristina Weisson de Ledergerber, madre de cuatro profesionales. Enrique, un economista de 33 años; los odontólogos (al igual que su padre) Antonio de 31 y Roberto de 28; y el menor es Christian, de 27, también odontólogo, quien siguió un camino religioso y hoy se prepara en Roma para ser sacerdote, vocación que sintió desde su adolescencia.
Al inicio, Cristina ni se imaginaba que su hijo elegiría el sacerdocio. A veces lo veía rezando al pie de su cama en la madrugada, mientras todos dormían. Pero cuando su madre le preguntaba, Christian contestaba que ese momento era más tranquilo. Cristina solo veía a un chico muy comprometido con la Iglesia.
Pero llegó el momento en que Christian debía elegir alguna especialización para su carrera. Entonces le confesó a su mamá que quería entrar al seminario. “Para mí sí fue bastante impresionante. Estaba muy alegre, pero sentía algo en el alma, en mi corazón. Incluso yo le decía al padre que me sentía feliz con la decisión, pero que no sabía por qué esas ganas de llorar”, relata Cristina.
Pero luego de la difícil decisión, Christian siempre tuvo el apoyo de su madre. “Si Dios lo escogió y se fijó en nuestra familia, lo que podemos hacer es estar agradecidos, incluso más comprometidos con la labor nuestra, ayudando a la Iglesia”, aclara.
Ahora él estudia en la Universidad de la Santa Cruz en Roma y vive en un seminario internacional llamado Sedes Sapientiae. Cristina dice que él lo tiene todo, con una vida más sencilla, que no necesita más. “Tengo una tranquilidad inmensa porque yo a Christian lo veo cada vez más feliz. Él toma todo con tanta naturalidad cualquier misión que lo pongan a hacer”, dice Cristina y añade que su hijo menor sigue siendo el mismo: amigable, conversón, deportista y sobre todo un buen consejero.
En diciembre posiblemente lo visite junto a su esposo, pues va a recibir las órdenes sacerdotales.
“Fue un llamado de Dios que ha sido contestado de una manera positiva. Muchos reciben el llamado, pero no todos dicen que sí. Es un acto de valentía y de amor y nosotros debemos agradecer que eligió a nuestra familia”, finaliza.
Milly, una obrera del cielo
Milly Oneto de Sojos, madre de Francisco Sojos, párroco de la iglesia María Madre de Los Ceibos, reflexiona sobre la decisión de su tercer hijo, que dejó a un lado sus actividades comunes y su carrera de Periodismo en Chile, para dedicarse al sacerdocio.
Una tarde, cuando Francisco tenía 28 años, le reveló a Milly que quería ser cura. “¿Qué podía hacer? ¡Qué maravilla! Me levanté, lo abracé y le dije que lo ayudaría en todo, y así lo hice”, recuerda con satisfacción. Desde ese entonces, Francisco partió a Italia, a la Universidad de la Santa Cruz en Roma, y estudió Teología por cinco años. Se ordenó de diácono y en Ecuador como sacerdote.
Para Oneto, presenciar las misas de su hijo al inicio la ponía muy nerviosa, sobre todo a la hora de su sermón.
Hoy, a los 40 años de Francisco, Milly es su familiar más cercano. Su padre falleció cuando él tenía 18, por lo que siempre cuenta con el apoyo de su madre. El párroco le pide su opinión. Ella es la encargada de contar el dinero de las limosnas de la iglesia y depositarlo. “La relación con mi hijo es excelente. Me siento orgullosa de que está haciendo una buena labor”.
Asimismo, Oneto cree que los estudios de Periodismo lo ayudaron mucho, pues tiene una fácil comunicación con la gente y cierra muy bien sus sermones.
Milly recuerda que para la primera comunión de Francisco (ocho años), le regalaron algunos crucifijos. “Entonces él quiso que se los pusiera al pie de la cama. Él me decía ‘Mami, pero qué lindos crucifijos’, y cuando me iba de viaje yo le traía más. Él los prefería a tener cuadros de Batman”, dice entre risas.
“Desde que mis hijos hicieron la primera comunión, siempre se los ofrecí a la Virgen. Le pedía que si alguno podía servir a la Iglesia, que lo llamase; pero que tuvieran vocación”, puntualiza.