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“Izquierda, derecha, adelante, atras...”

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Son palabras de una canción dictando los pasos que debían dar quienes la bailaban. Ya no se la escucha, pero mantiene increíble vigencia en el quehacer político de medio mundo y, obviamente, en un Ecuador abrumado por el doble discurso y el doble lenguaje, con los que se pretende dar significado especial a la “Izquierda progresista” y a los “vicios de la derecha”. Ignoran que esas expresiones solo fueron y siguen siendo chatarra política. Escritores como André Gide comentaban que ninguna de las dos corrientes ocupaba su pretendido lugar.

Los correístas desplazados pretenden dar muestras de honestidad y lealtad izquierdista, que más parecen muestras de domesticidad para con Correa. Evocan sus viejos discursos que hasta hace poco cautivaron a las naciones atiborradas de gente humilde y pobre. Para el mismo Moreno le debe causar extrañeza abandonar sus recuerdos del socialismo bajo cuyo manto se estrenó en política. ¡Cuánto pesan las ideologías! ¡Y cuánta ansiedad genera en quienes siempre intentaron apoderarse de sus propios fracasos para tergiversar la verdad histórica y continuar disfrutando del poder.

Debemos confiar que el presidente Moreno no incurrirá en el error de adoctrinar su administración. ¡Basta de izquierdas o de derechas! Un elemental pragmatismo le está orientando a desechar la idea de que el Estado lo puede todo y debe hacerlo todo, o, contrariamente, que el gobierno es un pintado en la pared de la historia futura. Las sociedades se desarrollan cuando sus gobernantes transparentan su actuar con probidad verbal y honestidad. Un servicio médico como parte de la salud pública o la construcción de una carretera acorde con sus especificaciones técnicas, por ejemplo, no requiere apelar a ideología alguna para su correcta ejecución. Solo debe mostrar voluntad y ética del funcionario. No robar es un mandamiento bíblico y decir No a las tentaciones solo es cuestión de carácter e integridad personales. No son patrimonio de ideología alguna. Que cada cual desempeñe bien su papel es la clave para medir la honestidad y eficiencia de un gobierno. Hemos padecido toda una década de dobles discursos y de bombardeos seudomoralistas por parte de ellos y ellas, proclamando con su sectarismo ideológico la falsa superioridad de una desprestigiada izquierda que se prestó para encubrir con su manto doctrinario a un populismo liberador de las más bajas deshonestidades. Vivimos aplastados por la nomenclatura, por las definiciones, por los significados arbitrarios que la retórica revolucionaria ha dado a las palabras. Siglos atrás, Disraeli confesaba que la amistad con mujeres era un bien superior. Luego de saborear la dialéctica de algunas de sus opositoras, las rebautizó como “preciosas ridículas”. En Ecuador las hemos podido descubrir también, con algún ingrediente adicional: algunas resultaron ser “preciosas perversas”, practicantes del doble discurso, del doble pensar y prestas a difamar como parte de su viciada retórica política. ¿Izquierda?, ¡No! ¡la Derecha también! Los hechos que observamos pueden llevarnos a pensar que no es aconsejable tener la entereza de decir la verdad, por las reacciones virulentas que ello genera.

Deberíamos emular al Consejo Nacional de Profesores de Inglaterra que anualmente confería el premio “George Orwell” a quienes sacaban a la luz los casos de doble discurso con los que sus autores pretendían controlar la realidad, manipulándola hasta adueñarse de la memoria colectiva, sin que les importe convertir a todos en Caín y Abel de sus semejantes.

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