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“Es la economia, estupido ”

Fue el lema de la campaña en la que Bill Clinton, improbablemente, ganó la presidencia de los Estados Unidos. Traído a nuestro tiempo, las expresiones de frustración y hastío respecto de la conducción de la economía, y del tamaño de la trampa en la que nos han hecho caer, empiezan a sonar como tambores de guerra. Según testimonios cercanos al Gobierno, aparte de la disensión entre los funcionarios y el nuevo protagonismo adquirido por el secretario de la política, las propuestas van en la dirección de más impuestos, con supuestas restricciones del gasto público que ofenden por ser ínfimas, y ofertando otras restricciones (como la compra de renuncias) que deberán ser pagadas por los contribuyentes.
Hay que preguntar: ¿qué parte de no más impuestos es lo que no entienden? De darse un paquetazo el licenciado habrá roto su promesa de que no habría más reformas tributarias. Se hizo caso omiso de la advertencia que algunos hicimos, de que las medidas mal pensadas, inefectivas y distorsionantes, que vuelven a rondar hoy, no son sostenibles. Tan venida a menos fue la gestión del exministro que, no obstante tener un precio de petróleo casi $15 más alto que el utilizado para la aprobación del presupuesto (documento que, queda demostrado así, es inútil y falso) fue despedido de un gobierno reconocido por su falta de talento económico. La ministra actual tiene una hoja de vida que la pone, automáticamente, en conflicto con el mercado. El ideario económico gubernamental está pues de vacaciones prolongadas, y si mandan un paquetazo, deberán pagar las consecuencias que sobrevendrán.
¡El Estado actual no es sustentable! No lo fue con petróleo de $100 por barril, no se diga con los precios actuales. Correa y sus aprendices pretendieron reinventar el agua tibia y lo que consiguieron fue arruinar al país. Históricamente, el gasto público no sobrepasó el 25 % del PIB, y hacia allá deberá bajar. ¿Cómo hacerlo? Simplificando un tema complejo, la respuesta corta es: ¡haciendo las cosas al revés! Es así que, donde ha habido exceso de gasto, que haya disciplina y frugalidad; que no se paguen intereses astronómicos, sino obrar para que estos bajen; los impuestos distorsionantes, al tacho de basura, e iniciar la reingeniería del régimen tributario; terminar con la obstrucción de la justicia, y juzgar a los corruptos recuperando los dineros mal habidos; terminar con el proteccionismo, abriéndose al mundo; despedir a los responsables del desastre nacional, reemplazándolos con gente idónea y limpia; exigir que las empresas públicas cumplan con las mismas normas de capitalización, control, transparencia y competencia que lo hacen las privadas, y de no hacerlo, que desaparezcan; devolver la plata y la operatividad al Banco Central; replantear el modelo quebrado de la seguridad social antes de que colapse por completo. Podría seguir de largo, pero es evidente que la copa de la paciencia se desbordó.
Correa armó el desastre. El gobierno actual, por su parte, ha sido remiso en apreciar la seriedad del problema, y podrían estar a punto de cometer serios errores de cálculo. Deberán recordar entonces la sentencia de Clinton y considerar que se enfrentan a un colapso político.