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El invierno y las elecciones
Si los candidatos querían mostrar, demagógicamente, su amor al pueblo, ahora el invierno les brinda una magnífica oportunidad: la de conocer de cerca cuánto se agravan durante el invierno las tradicionales penurias.
Las lluvias convertirán en lodazales las antes soleadas y polvorientas calles y los recorridos a pie o en automotores se verán salpicados por lodos menos sucios que los que se están utilizando en la campaña o aguas estancadas tanto o más malolientes que las revelaciones sobre la corrupción imperante.
Ello les servirá para conocer, mejor que en las frías estadísticas siempre con años de atraso, la realidad de la cobertura de alcantarillado sanitario y pluvial de una buena parte de las poblaciones, especialmente las rurales.
Es posible que se haga menos ostensible el desempleo que se visibiliza en las puertas de las casas de los barrios periféricos, donde hombres de mediana edad permanecen mirando sin esperanza el porvenir. Los aguaceros los mantendrán dentro de sus destartaladas viviendas mientras sus hijos chapotean en los charcos, mostrando sus vientres hinchados por las parasitosis y sus rostros famélicos por la desnutrición. Muchos, si se fijan, toserán con frecuencia y será complicado acercarse a ellos para besarlos, puesto que en algunos serán visibles sus secreciones nasales.
Si les llega la noche durante su recorrido, los candidatos, si andan por la costa o la Amazonía, se expondrán a las picaduras de los mosquitos y si no están suficientemente protegidos podrán contraer dengue, zika o chikungunya. También, en ciertas zonas del país, podrán enfermarse con paludismo u otras enfermedades transmitidas por vectores.
Por supuesto, no será posible que los asalten puesto que hacen sus recorridos protegidos por los miembros de su seguridad y sus partidarios, y la campaña está tan falta de entusiasmo y pasión que difícilmente corren el riesgo de agresiones motivadas por razones políticas.
Si tienen el interés de preguntar sobre el asunto, podrán tomar conciencia de que en las parroquias periurbanas muchos de sus habitantes, en razón del desempleo u obedeciendo a presiones y amenazas, se han dedicado al microtráfico de drogas para subsistir y son sus hijos adolescentes, y hasta de menor edad, los que se encargan de vender los estupefacientes, pero igualmente los consumen.