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Los indecisos
Las cifras y porcentajes que nos han hecho conocer las empresas encuestadoras que tratan de establecer, hasta el momento, el pulso de la voluntad popular, insisten aún en que cerca de la mitad de la población que forma parte del padrón electoral que maneja el CNE, todavía está indecisa y no sabe cuáles serán los candidatos que escoja para votar en favor de ellos en las elecciones, que están ya “de la ceja al ojo”. Esta cifra de indecisos ha venido disminuyendo poco a poco, desde la primera vez que se dieron a conocer las encuestas, pero sigue siendo significativa. Lo que pudiera aumentar, a última hora, los votos nulos o los en blanco que, finalmente, favorecerían al candidato presidencial que ocupe el primer lugar (¿Lenín?), ya que mientras haya más sufragios de este tipo el universo de referencia de votos válidos cambia. Y se definiría si hay o no una segunda vuelta electoral o balotaje. Y si no la hay, pues, triunfaría el continuismo. Es decir que el que se abstiene o anula la papeleta que le entregan ante las urnas de cierta manera pudiera estar votando, indirectamente, por el binomio verde.
Pero hay criterios de gente ya curada de espanto que opina que, en realidad, las encuestas no reflejan la verdad completa de la decisión ciudadana para el proceso que está en marcha. Porque, acogiéndose al hecho de que el voto es secreto, muchos encuestados prefieren guardar en el fondo de sus conciencias políticas, en el silencio profundo, en la más absoluta reserva, la simpatía que sienten por determinado presidenciable o por alguna lista a legisladores. Y callan, al ser inquiridos, por ser el suyo un “voto vergonzante”. O simplemente esconden sus favoritismos por miedos de diferente tipo, entre ellos por el temor explicable a represalias en sus empleos o en actividades remuneradas o productivas.
Con el llamado Método D’Hondt se logró armar la “aplanadora” en la Asamblea. Y al eliminar la lógica mayoría de “la mitad más uno” se ofrece la posibilidad de que triunfen, con apenas un 40 por ciento, las candidaturas gobiernistas con una relativa mayoría. Así, los agoreros del cambio o del desastre se quedan tachuela al opinar. Y pierden credibilidad ante el respetable.
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