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Los gais en la linea de combate

El asesinato en masa en Orlando cobró hasta el momento la vida de 50 personas (incluida la del asesino) y dejó a otras 50 heridas (algunas, de gravedad). También planteó al menos tres asuntos: el primero es el fácil acceso a las armas de guerra en la mayor parte de Estados Unidos. Se estima que en el país circulan varios millones de rifles semiautomáticos AR-15 (el tipo usado en Orlando y por soldados estadounidenses en las guerras de Afganistán e Irak). En la mayoría de sus estados, los requisitos para adquirir uno son: tener al menos 18 años de edad (3 por debajo de la edad para poder beber alcohol) y no contar con antecedentes criminales ni manifestaciones obvias de enfermedad mental. La mayoría considera la posesión de esas armas como un derecho básico definido y codificado por la Segunda Enmienda a la Constitución, y poseen ahora más de 300 millones de armas de fuego. El presidente Obama ha dicho y reiterado lo que los ciudadanos razonables entienden: esas existencias de armas de asalto, pequeñas pero con gran capacidad de destrucción, en manos privadas, constituye un arsenal invisible pero legal. Es una bomba de tiempo. Dada su ubicuidad, la pregunta no es si habrá otras matanzas similares a la de Orlando sino, ¡ay!, cuándo y dónde. La segunda cuestión es la del islam radical y la guerra sin fronteras que ha declarado al mundo. Se puede pontificar sobre el tema del «lobo solitario» que se lanza al terrorismo. Se puede escuchar reiteradamente el testimonio inevitable de amigos y familiares que no anticiparon el desastre, la total ausencia de señales, lo buen hijo que era el asesino, su amabilidad con los vecinos y la falta de antecedentes particulares que despertaran sospechas; incluso descartar la conexión del asesino con los grupos del terror: el Estado Islámico (ISIS) no se apropió del incidente hasta después de que el propio criminal, en medio del ataque, declarase su lealtad y etiquetase así sus acciones. En vez de repetir como un disco rayado que «esto no tiene nada que ver con el islam» es hora de admitir que EE. UU. se ha convertido en otro teatro de la batalla entre el islam de los radicales y el de la tolerancia y el imperio de la ley. Finalmente, tenemos la cuestión de la homofobia y la violencia antigay. He perdido la cuenta de la cantidad de estados que presentaron acciones legales contra la administración de Obama por órdenes del Ejecutivo que se perciben como excesivamente «favorables a los gais». En Europa, las leyes que permiten el matrimonio entre personas del mismo sexo y las medidas antidiscriminación no han podido evitar las exhortaciones a «patearles el culo a los maricones», a «meterlos en el horno» o a someterlos a tratamiento psiquiátrico obligatorio. Luego en Rusia, bajo el régimen autocrático de Putin, nunca ha sido tan difícil ser LGBT. Alentados por la postura antigay del Kremlin y la alianza con la Iglesia ortodoxa, grupos de ciudadanos atrapan y humillan a los gais, los obligan a beber orina, los golpean y a veces los matan. Y bajo el régimen del autodenominado califato, los gais deben ser lanzados desde techos, enterrados vivos, lapidados, torturados y mutilados. Ahora sabemos que en Europa y EE. UU. el objetivo es ponerlos frente a un pelotón de fusilamiento de un solo hombre.
Project Syndicate