SUSCRÍBETE
Diario Expreso Ecuador

Actualidad

Un estres articulado

Una grabación con acento español da la señal. “Inicio del recorrido” se escucha desde el sistema de GPS Snitch en la cabina del articulado 1033 de la Metrovía.

Publicado por

Creado:

Actualizado:

En:

Una grabación con acento español da la señal. “Inicio del recorrido” se escucha desde el sistema de GPS Snitch en la cabina del articulado 1033 de la Metrovía. Su conductor Oswaldo Villacís inicia un nuevo periplo por las 48 estaciones que conforman la ruta de la troncal 1 que va desde la estación Guasmo hasta Río Daule, frente a la terminal terrestre, y regresa.

No ha avanzando ni 700 metros y ya debe sortear la primera imprudencia. Un vehículo negro sale de la calle perimetral junto a la terminal y se abalanza a la Benjamín Rosales y acelera. Una situación bastante repetida en este camino y que Villacís conoce muy bien.

“La gente es imprudente. No se percata. Abusa”, dice el hombre que hace diez años postuló por un puesto en la Metrovía. “Éramos 380 aspirantes, para 49 unidades”.

Así como en esa década el sistema Metrovía ha movilizado a mil millones de pasajeros, este conductor, de sonrisa fácil y carácter dócil, ha trasladado a pasajeros de todo tipo. Y no lo dice por la condición social, ni por el género o la edad. Lo dice por la actitud.

“Hay gente educada, tranquila, culta, seria”, reconoce. Pero también está la agresiva, de mal carácter. “Se pelean por los puestos, se gritan, me gritan, y uno no puede hacer nada. Solo seguir. Incluso a un compañero una vez le dieron una patada en el rostro. Lo dejaron soñado”, recuerda.

Durante el trayecto, sumado a que su mirada debe estar puesta en el parabrisas, el chofer de la metro debe darse tiempo para estar pendiente de lo que pasa en el articulado.

Adentro del bus no es distinto que afuera. El estrés se genera en dosis iguales. Adentro es la bulla, las quejas, las peleas, los que empujan, no dejan salir, no dejan cerrar las puertas.

Afuera, la imprudencia. Como ayer cerca de las 08:00, cuando un joven en bicicleta intentaba cruzar la calle desde el parterre central en la ciudadela 9 de Octubre. O el empleado de Puerto Limpio barriendo los canales de la vereda en la angosta calzada por el barrio Centenario.

Y los conductores particulares son otra historia. Se pasan la luz roja del semáforo, hacen maniobras bruscas en los carriles de uso compartido, o invaden los exclusivos. “Y cuando hay un accidente, ¿de quién es la culpa? Siempre somos nosotros”, lamenta este hombre de 52 años, quien antes de estar en la Metrovía pasó también por buses urbanos.

Pero de ese tiempo no quiere acordarse. “Era difícil. Acá nos apoyamos con los guardias, damos aviso entre parada y parada de alguna anomalía. Hay cámaras en las estaciones. Hubo un tiempo en que hasta la policía nos ayudó; pero en los buses era cosa seria”.

En eso coincide Nicolás Paguay, quien con 40 años de edad conduce hace más de 18 años, los últimos tres en la metro exprés, anteriormente lo hacía en un bus urbano, donde admite que si un usuario lo insultaba o se pasaba de ‘bravucón’, lo invitaba a pelear.

“Nos íbamos de golpe. Yo sí les respondía”, admite. “En cambio acá nos toca aguantarnos, respirar y seguir. En mi caso, en la ruta que recorro (Playita del Guasmo) me dieron un cachazo por robarme”.

Al menos esa situación no la ha vivido Oswaldo. Pero sí ha sido testigo de ello, o de reclamos de las víctimas. “Por eso durante el recorrido se le dice a los usuarios que no descuiden sus pertenencias. Se les anuncia las paradas, se trata de dar el mejor servicio, pero aun así siempre llevamos nuestra parte de insultos”, anota, al tiempo que esa vuelta termina en Río Daule, con la voz de la grabadora diciendo “Fin del recorrido”.

tracking