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Diario Expreso Ecuador

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El diablo y los subsidios

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Por supuesto que toda medida gubernamental que tienda a revisar precios o a crear algún nuevo impuesto genera no solamente inquietudes y sospechas en el colectivo a quienes van dirigidas las medidas, sino que también provoca manifestaciones y plantones en las calles de las ciudades y hasta en los sectores rurales o agrarios. Es así como la supresión de parte del subsidio que ha encarecido en cerca de 40 a 50 centavos a la gasolina de mayor categoría, la súper, ha dado lugar a que los sindicalistas salgan a la vía pública a hacer sus respectivos reclamos, con pancartas alusivas pero felizmente aún sin quema de llantas o una que otra piedra lanzada contra los edificios públicos; también los propios gasolineros han reclamado, solo que a partir de las utilidades que, según ellos, no les han sido elevadas como se debería haber decretado.

No en vano desde que el petróleo entró a formar parte de la vida activa de las sociedades, los países y los gobiernos, después de iniciada la edad industrial del mundo, en que los motores necesitaban de una muy eficaz energía, este hidrocarburo que yace escondido (y de donde hay que descubrirlo y extraerlo) en las zonas subterráneas o en las profundidades marítimas, fue calificado como ‘el oro del diablo’. Y el calificativo satánico se debe, indudablemente, a las guerras, genocidios y hasta revoluciones que ha provocado. Y un ejemplo de lo “demoniaco” lo tenemos en nuestro propio país, en donde llegamos a vivir, durante el régimen pasado, en una época dorada para el Estado, con el aumento del precio del barril de petróleo en el mercado internacional a niveles antes pocas veces visto. Sin embargo, esa riqueza al parecer sirvió solamente para endeudarnos hasta la coronilla y, sobre todo, para que la corrupción haga de las suyas. Es decir que nos tentaron para después castigarnos. Y es que el diablo, desde que las religiones lo inventaron para asustar a los creyentes y obligarlos a no salirse del buen camino, actúa siempre de esa manera. Si no que lo digan los políticos, que en las campañas electorales, con el diablo metido adentro, ofrecen el oro y el moro a los sufragantes para después no recompensarlos con servicios.

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