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El derecho del nino
últimamente hablamos de reformas legales con respecto a la situación de los hijos tras la separación. Cuando una pareja funda una familia cree, honestamente, que sus sentimientos serán sólidas bases para que su hogar perdure. Montones de casos nos dicen que eso no basta. Montones de corazones rotos e hijos afectados. Algunas parejas, una vez superado el dolor de ruptura marital, creen que pasó lo peor. Sin embargo, y a veces sin intención, es donde empieza a producirse un profundo daño en los hijos. La pareja se separa y cree que lo que tiene por resolver es el horario de visita y la pensión de alimentos, nada más. Error, es preciso que se tomen tiempo para enfrentar con cierto equilibrio emocional sus faltas, desamor e irresponsabilidad para aceptar compromisos, sabiendo que se sembraba en agua movediza. Hombres y mujeres -de los dos lados he visto- una vez rota la vida de pareja pasan a un estado permanente de resentimiento, lanzando la culpa a marido o mujer, de ser el caso. La peor parte es cuando, gota a gota, inyectan a sus hijos la condena del desamor al padre o a la madre. Dicho de otra manera, los cónyuges que se quedan con los hijos lavan su dolor en el alma inocente de ellos, convirtiéndolos en personas que cometerán los mismos errores que sus padres, pues no miran al amor como un acto de libertad sino de emoción. Ojalá exista reforma legal en este sentido tan humano y contradictorio del dolor de la separación, y del infinito daño que los padres pueden hacer a sus hijos. Los cónyuges que se quedan con ellos no pueden sentirse orgullosos ante su indiferencia y desamor hacia el otro cónyuge. He oído cosas como “bien hecho, no quiere para nada al padre o madre”. Injusto y vergonzoso convertir a los hijos en vengadores. Fundar una familia pasa primero por asumir la amorosa obligación de convertir (nos) en mejores versiones de seres humanos, si hay divorcio o no, es otro tema. Desde ese sentido, el evento de la separación de los padres dolerá, sí, pero se actuará con mayor plenitud y despojados de ese molino que muele las heridas que quedaron de la ruptura, haciendo beber a los chicos ese brebaje estéril. Traerlos al mundo no les da derecho a reducir su alma al dolor de las heridas por la separación. ¡Tienen derecho a amar!