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Amor sin temor
“En el primer momento que reciben maltrato boten al marido. Para la Iglesia es tan serio ese problema que reconocemos la nulidad del matrimonio eclesiástico”. Algo muy grave debe estar pasando para que el presidente de los obispos, monseñor Arellano, pregone este aldabonazo que contradice la indisolubilidad del matrimonio, uno de los principios fundamentales del catolicismo.
El modelo de macho a través de la violencia contra la mujer no solo no pierde vigencia sino que ahora se expresa en forma de terribles manadas que consideran a la mujer como un objeto con el que pueden manejarse a su voluntad. Mientras tanto, en esta era de lo políticamente correcto, nos enfrascamos en absurdos debates sobre violencia doméstica, intrafamiliar, de género... Llámenlo como quieran aunque solo tiene un nombre: violencia machista.
Ahora mismo este es el fracaso más grande de la sociedad con decenas de muertas cada año en Ecuador y miles de agredidas. De acuerdo, estamos ante un problema de índole mundial, lo que no nos exime para actuar radicalmente de una vez y comenzar a tomar un camino que nos conduzca a un mundo, a un país de igualdad. En la realidad y no solo en las intenciones. Faltan leyes, faltan medios, falta educación, falta determinación, faltan conciencias, falta todo.
Asesinar a la esposa, a la pareja, violar a una amiga o desconocida es la forma más cruel de terrorismo que imaginarse pueda. “La maté porque era mía” no puede ser más el eslógan en el que se amparan los desalmados que consideran a la mujer un objeto. Tomemos medidas, pero que sea ya. Disfrutemos el amor, la vida en común sin miedo.
La victoria contra el machismo se juega en la educación a largo plazo. No tenemos tanto tiempo. Los casos de Diana y Martha atormentaron nuestras conciencias hasta que los olvidamos, que ha sido ya. Hoy, mañana y al otro seguirán apareciendo más mujeres muertas y no habremos hecho nada. Esa es nuestra (mi) gran vergüenza particular.