Actualidad
El 5 de Junio de 1895
Me adelanto a señalarlo, con ánimo de mantener en la memoria de los ecuatorianos una de las fechas más trascendentales de su calendario histórico.
Como demócrata y como guayaquileño, me entusiasma hacerlo para situarme en un tiempo en que los hombres de la ciudad de Octubre teníamos claro en la conciencia aquello de Guayaquil por la Patria y estábamos dispuestos a evidenciarlo en las acciones, sin cálculos sobre los riesgos. No era una frase retórica la que aludía a honor nacional y a la obligación de mantenerlo aun al precio de la sangre, de la vida, cuando se lo sabía manchado.
Traición a la patria se consideró al negociado involucrado con la concesión del pabellón nacional para que posibilite una venta de interés chileno y se procedió en consecuencia.
Por eso, cuando lo que la tradición recoge como “la venta de la bandera”, apenas la información llegó por vía de la “prensa corrupta” de entonces al conocimiento público, el Puerto se encendió, sus habitantes se tomaron las calles y, desconociendo al gobierno de Quito expresaron, con firmas, su voluntad de solicitarle al Viejo Luchador que retorne al Ecuador para hacerse cargo de la conducción de su destino.
Así ocurrió y la República recuperó su honor y avanzó en libertades. Después, el espectro de Judas hizo lo suyo... pero esa es otra historia.
Lo que quisiera intentar ahora, es conocer por qué cambiamos tanto. Los actos de corrupción vinculados a los sobornos de Odebrecht son sin exageración y sin eufemismos, actos de traición a la patria. ¿Estamos tan domesticados o envilecidos por el miedo, o las complicidades, que los dejaremos pasar sin que se conozca quiénes son los delincuentes que los perpetraron, de modo que se los sancione como la ley establece y queden fuera de la posibilidad de seguir mereciendo la confianza popular?
Espero que las glorias de otros días hagan reaccionar la vieja rebeldía huancavilca, para no permitir que en razón de subterfugios legales se sigan riendo del país los nuevos enloquecidos por la impunidad reinante, que quiso calificar como propinitas los descarados asaltos a los fondos de todos.