
La fe y la esperanza sostiene a miles de quiteños en procesión Jesús del Gran Poder
Miles de fieles participaron en la procesión Jesús del Gran Poder
En medio de un sol intenso, las calles del Centro Histórico de Quito se convirtieron, una vez más, en el escenario de una de las manifestaciones religiosas más multitudinarias del país.
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Así, la capital volvió a demostrar que, en tiempos de incertidumbre, la fe se mantiene y es un motor que moviliza a miles de personas. Este 3 de abril de 2026, la procesión Jesús del Gran Poder reunió a una multitud que caminó, rezó y acompañó durante cerca de cuatro horas el recorrido de las imágenes sagradas.
El momento más esperado se vivió al mediodía, cuando Jesús del Gran Poder salió desde la iglesia de San Francisco. Entre aplausos, rezos y el sonido solemne de las dianas, los fieles recibieron la imagen con una mezcla de devoción y emoción contenida. El himno nacional marcó el inicio de una jornada cargada de simbolismo, donde la fe se expresó en cada paso.
Encabezando la procesión avanzaban los cucuruchos y las verónicas, figuras tradicionales que, con sus atuendos morados, vinos y velos, representan penitencia y recogimiento. Detrás de cada túnica hay una historia, muchas veces marcada por el dolor, la gratitud o la esperanza.
Historias que conmueven
Iván Terán participa desde hace cuatro años como cucurucho, motivado por una experiencia personal que transformó su vida. El diagnóstico de una enfermedad catastrófica lo llevó a aferrarse a la fe. “Hice ofrendas, pedidos… los milagros existen. La fe es lo que nos mueve”, dice mientras ajustaba su vestimenta antes de iniciar el recorrido. Para él, la procesión no solo es tradición, sino también un acto de agradecimiento.

Desde el sur de la ciudad, en Cutuglahua, Édison Tufiño llegó temprano a la Unidad Educativa San Andrés para prepararse. Su historia es conmovedora. Con los ojos llenos de lágrimas comenta que su hija de nueve años sobrevivió a un siniestro de tránsito; los médicos prácticamente la desahuciaron.
Hoy, para Tufiño, que ella siga viva solo puede ser un milagro. Su participación es una promesa cumplida y una plegaria constante por la recuperación total de su hija.
Freddy Corral, en cambio, vivió este año su primera experiencia como cucurucho. Hace apenas dos meses fue sometido a una operación tras detectarse indicios de cáncer. Sin embargo, los resultados posteriores descartaron la enfermedad. “Eso es por la fe y las oraciones”, asegura. Su presencia en la procesión fue un gesto de gratitud ante lo que considera una segunda oportunidad de vida.

Para otros, como Ramiro Cárdenas, la participación es una tradición que se ha mantenido durante años. Desde hace 12, viste el hábito morado, un color que, según explica, simboliza redención, paz y meditación. Su motivación es agradecer por la vida, la familia y el trabajo, pero también pedir por el país. “Que Dios ilumine los corazones y que llegue la paz al Ecuador”, dice con convicción.
Entre los cientos de penitentes destaca también la historia de Segundo, quien ha participado durante cuatro décadas. Este año estuvo a punto de no hacerlo debido a un problema en la pierna. La tristeza lo acompañó ante la posibilidad de romper una tradición de vida. Sin embargo, decidió seguir adelante. A pesar del dolor, caminó impulsado por su fe.

Durante el recorrido, Segundo cumplió con uno de los actos más simbólicos de penitencia: ortigarse el cuerpo. Sus vecinos de Las Casas lo acompañaron desde temprano, en una muestra de comunidad y solidaridad.
La procesión no es solo un espacio para adultos. Entre los más de 1.500 cucuruchos también participaron niños y jóvenes. Shirley Chicaiza, de 17 años, asiste desde que tenía 12. Llegó acompañada de sus padres, hermanos y primos, manteniendo una tradición que se ha fortalecido con el tiempo. “Rezo por mi familia, por la salud, porque no les pase nada”, dice.
Un evento que atrae a extranjeros
A lo largo del recorrido, miles de personas se apostaron en las veredas para observar a los penitentes. Algunos rezaban en silencio, otros lanzaban flores al paso de las imágenes de la Virgen de los Dolores y Jesús del Gran Poder, en un ambiente cargado de solemnidad.
El evento también captó la atención de turistas extranjeros. Magda Aspirot, ciudadana francesa radicada en Quito desde hace una década, presenció la procesión junto a su madre, que recién llegó de París.

“Es impresionante, se nota el fervor. En mi país hay procesiones, pero no son así de demostrativas”, comentó. Para ella, la masiva participación y la forma en que la ciudad se apropia del espacio público para expresar su fe resultan conmovedoras.
Su esposo, el quiteño Pablo Morales, coincide en que se trata de una de las expresiones más auténticas de religiosidad popular y también de fe.
El encuentro terminó en la plaza San Francisco, a pocos pasos del convento, con la Ceremonia de Adoración de la Cruz.
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