La suspensión del movimiento Amigo: lo terrible y lo ridículo
Aunque el secretismo de los informes reservados salva al Gobierno de pasar la vergüenza de inventarse una excusa, es difícil no percibir esto como algo ridículo

Casos de Alondra Santiago, Jan Topić y Aquiles Álvarez centran el análisis político.
Lo que debes saber
- Casos de Alondra Santiago, Jan Topić y Aquiles Álvarez centran el análisis político.
- El texto plantea cuál es el límite del poder y la institucionalidad en Ecuador.
- Columna cuestiona el uso de informes reservados contra opositores en el Gobierno de Daniel Noboa.
Soy un pésimo enemigo para tener”. Así se definió el presidente de la República Daniel Noboa y no le cabe duda a nadie que en eso no ha mentido.
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Todos quienes han entrado en su definición de enemigo, todos quienes le han sido estorbo, se han enfrentado a medidas durísimas aplicadas a través de todos los medios disponibles para el líder de una republiqueta.
Se han congelado las cuentas de activistas, se ha judicializado de la forma más grosera primero a su anterior vicepresidenta y luego a su principal rival dentro del país, en ambos casos procesando también a miembros de sus familias, se ha sancionado a los jueces que no se han alineado con el Gobierno en estos casos políticos, se ha acosado de forma mediática a través de organismos de control supuestamente autónomos a la prensa, se ha dejado sin trabajo a periodistas o a sus parientes y –para concluir de alguna manera esta lista para nada exhaustiva– se ha sacado del camino a potenciales contrincantes por medio de informes reservados.
El uso de informes reservados
Eso último, la instrumentalización del secreto para sacramentar la más obvia persecución, es bastante revelador. Lo usaron contra Alondra Santiago para justificar su expulsión del país, contra Jan Topić para sacarlo de las elecciones presidenciales pasadas, contra Aquiles Álvarez para moverlo a la cárcel del Encuentro y ahora también contra el movimiento Amigo, la organización política de la que se quiso valer el correísmo para eludir la suspensión de su propia lista.
En todos los casos el secreto ha sido la medida de última instancia a la cual recurre el oficialismo no para fingir que no persigue, pues por la intensidad y direccionamiento de sus acciones ya lo deja en evidencia, sino porque se ve forzado a llegar a ese punto cuando se le agotan las ideas.
Cuando ya no hay otra prueba que inventarse o cuando el apuro hace muy difícil construir un argumento medianamente bien hecho, salta el informe o la sustanciación reservada.
Política
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Daniel Alejandro Romero Páez
Las críticas al secretismo
Aunque este secretismo salva al Gobierno de tener que pasar la vergüenza de inventarse cualquier cosa, es difícil no percibir esto como algo todavía más ridículo.
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Uno puede imaginarse a unos Torquemadas del Dolarazo diciéndonos entre guiños que sí, Santiago era una amenaza para el Estado, pero que justo ahora no nos pueden decir para quién espiaba o con qué grupo andaba; que sí, que no hay duda para las autoridades tributarias de que Topić simuló una venta de acciones, pero no van a explicarnos cómo lo descubrieron; que sí, a Álvarez lo quieren matar, pero no hay sospechoso ni móvil, solo una especulación de que lo propios correístas –que se esfuerzan por sacarlo– lo asesinarían para echarle el muerto al Gobierno.
Ahora el oficioso inquisidor criollo, entre que mira al juez electoral y se voltea a vernos de reojo, alza la voz, diciendo: “Usía, el Santo Oficio le presenta los resultados de nuestra investigación, que ha encontrado evidencias de gravísimos delito cometidos por parte de estos amigos de lo ajeno, estos elementos correizantes, que se insertan entre nosotros y pretenden, qué horror, competir contra los ministros y agentes de Nuestro Señor en las elecciones, pero solo lo puede leer usted, usted y nadie más, ni yo mismo lo he leído”. Listo, el correísmo queda otra vez al borde de la virtual proscripción.

El pasado 28 de junio Luisa González inscribió su precandidatura por el movimiento Amigo
¿Cuál es el límite?
Una vez más, y ya hay que cuestionarnos cuántas veces nos quedan, debemos preguntarnos: ¿Cuál es el límite? La ley no lo es porque no existe.
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No es una cosa que alguna vez hayamos respetado de forma consistente en el Ecuador. Pero debe haber algún instinto de autopreservación presente en el interior de nuestro ser animal, en la parte del cerebelo que gobierna las mociones elementales del ‘Homo Aequatorialis’, entre la compulsión de negarlo todo y la del alza, alza que te han visto.
Cuando acaben con los correístas –si es que acaban con ellos, porque no hay alguien más interesado en que siempre haya un correísta que el anticorreísta profesional– ¿hay alguna razón para creer que de repente los oficialistas descubrirán los valores de la convivencia democrática y el pluralismo o que permitirán que la justicia alcance a alguno de los integrantes del círculo íntimo del número uno?
Si no lo creemos, si es que pensamos que nos gobierna un grupo dedicado a perseguir a sus enemigos y protegerse a sí mismo, y que este preside sobre los destinos del país sin casi ningún límite a su poder, ¿qué nombre debemos darle? No es una pregunta fácil de responder si creemos que el uso de las palabras tiene consecuencias. Por ahora nos podemos contentar con un apéndice a esa palabra, el adjetivo “ridículo”.