Museo Nacional de Ecuador: La identidad del pueblo sintético
Crónica en primer persona escrita por el jurado del concurso para el Museo Nacional de Ecuador. El Ejecutivo ecuatoriano rechazó Ecos del Sol por simple

La propuesta Estratos Vivos, del equipo SANAA-A0-CPA-JHS, fue seleccionada para el diseño del nuevo Museo Nacional del Ecuador.
Lo que debes saber
- Daniel Noboa rechazó el proyecto ganador del Museo Nacional tras la presión en redes sociales.
- El jurado del concurso del Museo Nacional cuestiona cambios al proceso decidido por el Gobierno.
- La polémica por el Museo Nacional reabre el debate sobre redes sociales y decisiones públicas en Ecuador.
Cuando acepté formar parte del jurado del concurso internacional para el nuevo Museo Nacional del Ecuador, creí que iba a Quito a juzgar arquitectura. No sabía que acabaría siendo testigo —y agente— de cómo una aparición viral del “público fantasma” de Lippmann canceló la experticia y devoró a las instituciones del estado. No me puedo resistir a esta gran oportunidad para hacer periodismo Gonzo.
(Te invitamos a leer| Lo mejor que puede ocurrir es que el Museo Nacional de Ecuador no se construya)
Tras un proceso impecable del Colegio de Arquitectos de Pichincha, el jurado —arquitectos, gestores de cultura y patrimonio, y representantes políticos, entre ellos Noboa y la vicepresidenta Pinto, vía sendos delegados— otorgó el primer premio a la propuesta del estudio de Alberto Campo Baeza con la firma quiteña MAODA, a pesar de la resistencia de los representantes políticos, que querían otro proyecto.
El proyecto proponía un prisma de hormigón blanco —heredero del brutalismo quiteño de Barragán y Wappenstein— con oquedades recubiertas con pan de oro. El pan de oro resonaba con el retablo de La Compañía de Jesús, cumbre del barroco colonial quiteño, y conectaba con el Sol de La Tolita, esa máscara áurea de una cultura ancestral que trabajó el oro, el cobre y el platino siglos antes de que Europa supiera fundirlo.
Tres momentos del lugar —la orfebrería ancestral, el barroco colonial, el hormigón moderno— sintetizados no en un discurso, sino en la materia misma del edificio. Campo Baeza no pronunció la demagogia identitaria que el momento exigía. La especificó silenciosamente.
Aparte de ser el proyecto que mejor funcionaba técnicamente, ―protegiendo los archivos de las humedades del subsuelo, conectando fluidamente las salas de exposiciones con las reservas y proveyendo de iluminación natural difusa a todas las salas, dando absoluta flexibilidad a la futura organización expositiva― era uno de los cuatro proyectos que habían situado el edificio como un bloque lineal que se pegaba a la linde sur del predio, dejando una gran banda de espacio público paralela a la Avenida Eloy Alfaro, que se podría extender hacia el Oeste al solar de Ministerio de Agricultura.
En esta zona, entre las avenidas Eloy Alfaro y República se construirá el nuevo Museo Nacional de Ecuador.
De esos cuatro, era el único que tenía la monumentalidad necesaria para recoger el Parque de la Carolina en su extremo sur, al tiempo que haría de pantalla de las torres comerciales que se van a construir detrás del edificio.
Es también el proyecto más fácil y rápido de ejecutar, y probablemente la más barata de todas las propuestas presentadas. Todo ello resuelto con un simple gesto y sin aspavientos. Elegancia máxima, pero del tipo que no ven quienes nunca pasan de la superficie y solo aprecian las contorsiones y los alaridos.

Eco del Sol fue elegido entre diecisiete propuestas finalistas. Se presentó el pasado lunes 6 de julio al público.
La reacción en redes sociales
El anuncio se hizo el 6 de julio y en horas el timeline dictó sentencia: "otra plataforma financiera", ―en referencia al edificio construido en Quito en 2017, durante el gobierno de Correa―; "no representa la identidad ecuatoriana"; “es muy feo”…
El veredicto de las redes confirmaba la intuición de los representantes políticos, que veían el proyecto ganador como derivado de la arquitectura de su némesis, ―aunque semejante filiación sea muy dudosa. Una petición en Change.org reunió miles de firmas pidiendo "reevaluar" la propuesta.
La defensa técnica del Museo Nacional
La viceministra de Cultura, Romina Muñoz, hizo lo que debe hacer una servidora pública de alto calibre: dar la cara. Explicó que un museo nacional no es una escultura sino una máquina de conservar memoria —1,2 millones de bienes patrimoniales, reservas técnicas, conservación preventiva— y que las redes juzgaban una imagen sin entender la función.
Con enorme coraje en estos tiempos de políticas populistas e identitarias, se atrevió a decir que pretender que un solo edificio "represente la identidad ecuatoriana" es la trampa perfecta.
Me quedé atónito cuando le escuché a la viceministra explicar el proyecto porque en realidad a mí lo que más me gustaba del proyecto de Campo Baeza era precisamente su impermeabilidad al discurso identitario, aun así, haciendo resonar varios ancestros con una armonía imprevista.
Después de dos días de presentaciones en las que los candidatos, uno a uno, intentaron convencernos de cómo sus proyectos eran la esencia misma de la identidad ecuatoriana a través de ensenarnos las típicas fotos de ríos, chozas, armas, joyas, ruinas, textiles, cerámicas etc, para justificar sus acrobacias arquitectónicas, el non-chalance de Campo Baeza de recurrir a la forma más reductiva era realmente radical.
Me gustaba pensar que quizá una nación que se representa así misma a través de una abstracción es una nación que manifiesta una disposición extraordinaria a evolucionar en lugar de mirarse al ombligo y atarse al pasado. Nunca hablé de esto en el jurado porque pensé que defender el anti-identitarismo y la función sería una causa perdida.
Y de repente me encuentro a la viceministra sobrevolando el mismo territorio. Excepto que yo no lo dije en el jurado pero ella sí lo dijo públicamente y fue cesada de inmediato. Y con ella salió su magnífico equipo técnico, liderado por Carlos Montalvo, el director del museo.
El pronunciamiento del ministro Roberto Luque
El 10 de julio, el ministro Luque —delegado de Noboa en el jurado— publicó en X su proclama. Empezaba con un vocativo de balcón: "¡Ecuatorianos!". Anunciaba que la empresa pública rechazaba la propuesta ganadora y que se convocaría a los finalistas, porque el diseño debía elegirse "junto a la ciudadanía" y responder "al sentir de la ciudad" ―ya se sabe que cuando entran los sentimientos del pueblo, sale la experticia.
Como aquel “público fantasma” de Lippmann, los Ecuatorianos de Luque son un pueblo sintético: un agregado fabricado por métricas e influencers, sesgado y amplificado por el algoritmo, disuelto en setenta y dos horas sin dejar responsables. Byung-Chul Han lo llama infocracia: la esfera pública sustituida por tormentas de indignación que no argumentan, sino que descargan.
El 11 de Julio, el Ministro Luque nombró ―supongo que con la venia del presidente― un nuevo jurado formado por uno de los arquitectos que están diseñando las torres de más de 35 plantas que se situarán al suroeste del predio, un diseñador de interiores lujosos, amigo del presidente, y un arquitecto chino que pasaba por allí porque está trabajando para Schwartzkopf, (y que no tiene ni siquiera nivel de partner en la empresa en la que trabaja en Pekín).
¡Ya tenemos un ganador!
— Roberto Luque (@RobertoLuqueN) July 19, 2026
Con la ponderación del 85% de la evaluación del jurado técnico y el 15% de la votación ciudadana, la propuesta "Estratos Vivos", liderada por SANAA-A0-CPA-JHS, obtuvo el primer lugar con 81,7 puntos y será el diseño del nuevo Museo Nacional del Ecuador.… pic.twitter.com/K4ATI1vnF1
Una pequeña colección de yes-men transaccionales, que confirman el pedigree foucauldiano del presente ejecutivo: el poder siempre posee la verdad. Si los expertos no confirman lo que quiere el poder, el poder busca experticia transaccional.
El diseño tiene problemas técnicos
Y luego le pido al pueblo que confirme mi opinión: los expertos transaccionales seleccionaron tres proyectos entre los más flojos de la convocatoria y se los ofrecieron al pueblo para que rugiera. Con un leve maullido, el pueblo indicó al proyecto de Sanaa-A0-CPA-JHS que ¡sorpresa! era el que los representantes institucionales del jurado habían empujado al tercer puesto durante las deliberaciones, a pesar de que los miembros técnicos lo habíamos dejado en una mención por los múltiples problemas técnicos que tiene.

Desconfiar de la excelencia se ha vuelto norma de conducta. El concurso del nuevo Museo Nacional lo confirmó al elegir otro proyecto.
El proyecto de Sanaa, aparte de tener todas las curvas y los retranqueos necesarios, hablaba de la “identidad ecuatoriana” como “diversidad”, y ha sido desarrollado por dos equipos dirigidos por mujeres, con “asesores indígenas, afro-ecuatorianos y mestizos”. Es decir, es diverso, inclusivo y seguramente equitativo: DEI. Y es que los populismos de derecha y el wokismo comparten el linaje posestructuralista del sentimiento: la experticia de los yes-men transaccionales siempre termina eligiendo a las féminas woke.
En la era de la democracia populista, cualquier político de pro necesita un legado arquitectónico juguetón y vociferante, lleno de torsiones, curvas y voladizos imposibles: el sueño de un efecto Bilbao propio, pero sin el temple necesario para nutrirlo y defenderlo de las jaurías digitales.
Pero ese tren pasó hace años. Hasta Xi Jinping —que encargó más arquitectura-espectáculo que nadie— decretó en 2014 el fin de la fiesta: "no más arquitectura rara".
Los Pritzker de la última década también se han inclinado a la sobriedad y la reutilización. Pero Noboa no se ha enterado y Ecuador no construirá el primer ícono de la nueva austeridad latinoamericana, sino el último dinosaurio identitario del star system.
Hay una imagen que no puedo evitar cada vez que miro esa perspectiva aérea en tonos ocres: si el proyecto de Campo Baeza era una caja, este es… una caca!