Violencia deportiva o retorno a la barbarie
Los hechos violentos registrados tras el partido entre Ecuador y México plantea que la FIFA impulse programas para promover una cultura de convivencia y respeto

El contraste entre la celebración del mayor Mundial de la historia y una fiesta que cobró cuatro vidas.
Un evento universal de la dimensión de un campeonato mundial de fútbol que, se promociona con gran publicidad y boato organizativo, particularmente como este de 2026, que por primera vez realizan tres países organizadores del subcontinente norteamericano (Canadá, EE. UU. y México), lo cual lo hace el más grande de toda la historia de sus 23 ediciones, con la participación ahora de 48 selecciones y de 104 partidos, a desarrollarse entre el 11 junio y el 19 julio, presenta los grandes éxitos y logros societarios en programas de ocio y esparcimiento, pero también lo más despreciable y abyecto de la condición humana, como la cruenta violencia deportiva que se produjo en el centro de la megápolis mexicana después del encuentro Ecuador vs. México.
Primero queremos resaltar el triunfo bien logrado e indiscutible del equipo mexicano en la cancha, y después, repudiar el comportamiento de grupos de hinchas fanáticos y vandálicos que, por una excesiva y delincuencial celebración en un inseguro estadio, comenzaron a arrojar vasos con cerveza a periodistas y a asistentes ecuatorianos. Todo ello entró en flagrante contradicción con la tradicional hospitalidad y calidez del pueblo y Estado mexicanos.
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Pero lo que más debe preocupar al Estado y a la FIFA es la poscelebración pública del triunfo, que se desarrolló con la presencia de más de un millón de asistentes, según los medios de comunicación. ¿Por qué es alarmante? Porque hubo cuatro muertos y destrucción de mobiliario urbano y locales comerciales en esta vandálica y destructiva fiesta de ‘porristas’. Iguales hechos se han producido en ciudades europeas y de la región, pero es inaceptable social y culturalmente que la muerte empañe a una gesta deportiva mundial que debería ser una fiesta por la vida e himno a la alegría humana, oponiéndose a un retorno a la barbarie.
Para reducir la violencia, la FIFA debería destinar una parte de las utilidades de este evento a la creación de un fondo educativo y capacitador, para que los aficionados del mundo aprendan culturalmente a convivir armónicamente y a disfrutar de la alegría de vivir un deporte como este.